Carlos López Dzur
Su poesía, sus cuentos y su filosofía

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El cielo y el suicida

Más de una vez traté de matarlo; no de matarme yo. No soy un suicida. La vida es un desafío y yo la admito. Son otras cosas las que mato.

Lo tuve, maldita sea, casi en mis manos. Habría asegurado: Esta vez no te me escapas. La celada fue perfecta. Quise dar un salto a lo inorgánico, después de leer que todas las realidades son mentales. ¡Un libro de Berkeley! Esta sería mi cura («Sorge»). Lo lanzaría al vacío desde la Torre Latinoamericana.

Y este acto de dignidad fue interrumpido por Jeremías Campas, quien llegó con Cèline, una de mis primas lejanas de la Tribu de Voisin. El me agarró por la correa, de súbito. Y no se enteró que, con el amago de saltar, el heboide cachombroso salió de mí y yo detrás de él para atraparlo.
 
«Cabrón, ¿te ibas a tirar?»

«No», le dije a Campas. «¿De qué hablas? ¿No víste al pájaro negro que acaba de volar?»
 
«¿Qué pájaro ni qué pájaro? ¡Pajáro, mis güevos»

Sustento una teoría de la megáspora visitante, o sea, por la existencia de seres aberrantes, así como en las historias de los extraterrestres; pero él cree en suicidios por amor, en renunciaciones, en censuras trascendentales... Siendo mi enemigo en amores, me salvó la vida en favor de pajarracos cósmicos.
 
Me jaló hacia él como si yo fue un costal de papas. Me zafé. Y me vio correr tras el pájaro negro, sólo que él no entendía mi corrida ni veía el avechucho de mi maldición. Yo sí lo advertí en muchos de sus detalles... y por eso identifiqué que se trata de una megáspora. Una criatura alada, absurda, cuyo origen es la mar.
 
Esto ocurrió hace diez años en circunstancias ligeramente diferentes a las del suicidio de Campas... Bueno, perdóneme. Este asunto de Jeremías puede que sea tema de otro asesinato. No viene al caso, ¿o sí?
 
En aquella ocasión Cèline y él corrieron tras mí, dizque para evitar que yo cometiera el disparate de morir. Dijeron que comencé a alucinar. Se preocupaban como si yo fuera el único que loquea.
 
Todos alucinamos. ¡Todos, todos! ... aunque yo soy uno de los pruentes ms cautelosos. Y no se dan cuenta. Están convencidos de que el mundo es una locura generalizada, la orgía colectiva de tarados más democrática e hipócrita. En ese sentido sí me siento peculiar. Yo soy un poco cuerdo. Y hay soledad. Soy uno de tantos que asisto al simposio. Discuto las locuras de otros y nadie examina la mía. Ni mi locura ni mi prudencia. Ni mi lucha ni mi derrota.

Cada cual tiene derecho a justificarse. Unos dicen que los fenómenos son fantasías, otros que son nóumenos del subjetivismo, otros metafísica, otros arte, otros ciencia y prudencia. Esto último es mi campo de acción. Soy prudente, más prudente que el mundo.
 
La Teología es la peor de las racionalizaciones sobre el Orden Natural de Newton. Propone la noción del escape trascendental. A Feuerbach le dio coraje la invención de Dios, la proyección inventada del alma, el ángel, el espíritu y el inconsciente. Que tan sólo vale verse como sótano de ideas innatas.
 
Para fundar mi lugar, hacerme fundación de mí mismo, parto de la prudencia. Defiendo mi espacio. Digo: ¡Que nadie me quitemi lugar!

¿Cómo cree que reaccioné cuando ví a la megáspora salir como un pedo del diablo pelón? Estuvo alojada en mis costillas, entusiasmándome con una síntesis de la epistemología crítica de Kant y la ontología mística de Spinoza, sin darme ni Tierra ni Cielo. Porque es una tortura lo que él propuso (el ser contingente y no necesario del Ser Necesario) y mi mente se rebeló contra el dualismo. 
 
Me vio enfurecido. Neta, porque eso sí... soy monista. O requete-monista. El dualismo me desubica. Aún así, yo no tengo comprendida la ontología del ser.
 
En la metafísica, de plano no creo. No creo. Mejor muerto que sin lugar alguno.

Sin mis entrañas como alimento, ¿pues, tendría alguna fuerza el pájaro negro para salir del acoso de los visitantes de la Torre Latinoamericana y hallar una ventana? Lo alcancé. Dí un manotazo aturdidor. Lo derribé, lo recogí.
 
Lo apreté por el pescuezo: ¿Creíste llegar a ser parte real de mi mundanidad (en el sentido heideggeriano), chupasangre, y creíste darme tus alucinaciones zoopsíacas como único legado?  ¡Ahora, muérete, gusano! Cuando el tecolote canta, el indio muere. Yo soy el indio que te odia.

 «¡Muérete, tecolote!»

 Lo madreaba con furia.

 «¿Qué tienes, muchacho?»
 
Cèline salvó la vida del bicho cuando me abrió el puño.<p> 
 
«¿Qué tienes en la mano?» sí, recuerdo que lo preguntaba una y otra vez. Creyeron que una navaja para abrir mis venas y, finalmente, ay sí, tu pendejo seré.

Aseguró que el pájaro que yo decía estrangular no fue otra cosa que un amasijo de estopa, o pelusa de polvo, que ella misma vió revolcarse en el aire. Ella comenzó a colocar las palabras en un discurso lógico, visual, categorial... y la realidad mental, la coyuntura original para el asesinato, se diluyó y el pájaro negro se internó en mí, por segunda vez. Y tuve que aceptarlo: ¡tenía en la mano puras greñas, revoltijo de no sé qué mierda!

Cuando el tecolote canta, el indio muere; ésto no es cierto, pero sucede.

Cèline dijo: «Tú no eres un indio, Pirri».
 
«Maldita seas», grité. «¿Sabes lo que hicíste? ¡Quitaste mi prudencia! Me echaste  al estómago de quien me quiso tragado».
 
Escuché el tecolote. Cantaba las cuchufletas y burlas con que antes me empozoñara.

¡Vivo, está vivo otra vez como huésped de mis huesos!
 
Utilizó los indicios formalizados del lenguaje de ustedes, el habla de la medianía, el rasero y la distancia. Habló como el perfecto Don Nadie. Ofreció, aparentemente por mi boca, lo encubierto como conocido. Aquello fue mi suicidio intelectual que salió a volar.

Cèline lloró porque le dije «maldita seas, metiche» que fue lo único que dije. No sé porque me quiere en el Cielo que ellas es. No sabe dfel lugar que anhelo para mí. l aquí y ahora.

Llorona, pobrecita. Saqué la metáfora del perdón y el irresponsable transubjetivismo subjetivista que nos permite el buen comportamiento.  Les seguí la onda. El indio de mi paz comenzó a morir. Viva el acervo de la Europa filosófica y la modernidad, la Edad de las Grandes Ideas y el hombre del futuro. Viva el Cielo de Cèline. ¡Vivan los cantos de sirena!
 
Me sujeté al condicionalismo conceptualista, como si creyera ser el único esquizofrénico, en arrepticio por los heboides, que son los pinches seres. Usted sabe. Lo menos que me divierte es tener al puto estropajo dentro de mí y que una mujer llore por mis arrebatos.

Publicado por elzorro2 el 26 de Marzo, 2008, 22:42 | Referencias (0)

 

 

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