Carlos López Dzur
Su poesía, sus cuentos y su filosofía

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Marzo del 2008


El invocador de Aisha

Acaba de entrar a su alcoba. Se duchó. Se ríe ahora, mientras me abraza. Imaginé que es Aisha que me ama. La mujer divina. Ella se encerró a llorar la vez que me vio con el chaquetón lleno de fango. Fue el pájaro negro que viajó al Edén para hacer animal y salvaje. Un pájaro satánico y rival hay y lo llenó de cagada, le dije.

¿Cómo creerá que menosprecio un regalo suyo? El jacket de Cavaricci. Lloró con sentimiento aquella vez y yo me colgué de las patas (digo, de las piernas) y con la cabeza de punta hacia abajo. Desnudo.

Ahora se ha zafado la toalla, ella la recoge y el aliento de su boca suspira en mis testículos. Desnudo suspiro, como ella sin toalla. Así me habría gustado caer a un agujero negro, tragado por los dioses protónicos. Mas ya el edén estuvo hecho. Nací después como un Adán / Intelecto / de tierra roja y de sangre.

Tío Lucas me descuelga, cuando me amarro de un pierna, con la cabeza hacia el piso. Después de tres horas, me cuelgan; final del rito. Así meditan los vampiros, colgados de las paturrias. Acabo de imaginar que me gustaría que una diosa me descolgara o me tragara por sus agujeros. ¡Qué inmoralidad la mía! Y da la casualidad que la diosa, a la que invoco y hablo, es mi hermana universal. Aisha misma en Hedén.

Ahora estoy ante la niña más hermosa, en la Tierra donde los indios y los tecolotes se confiesan sus escondites y sus penas. En realidad, yo no sé por qué se me ocurren estas ideas tan raras. Me desespero al extremo de hacer pendejadas. En el mundo de los otros imbéciles no hay ni pizca de imaginación.
 
Hebe, mi Aisha, ha crecido al punto que la desean los mismos pájaros negros que me han vencido y comido de mis entrañas. Hay vanidad y gratificación porque yo vencí. Pero hoy mi cuerpo y sus ojos se han hallado, y nos vimos desnudos. Nos ha enardecido el deseo y ninguno, ni ello ni yo se atreve a preguntar... ¿Qué queremos, a final de cuentas, uno del otro, que no podamos dar? ¿Por qué somos tan tontos y culpamos a una coneja de felpa, a una mona de colores, qué... acaso no sabemos que somos deseo, bestias, hermanos que se buscan en el reposo?
 
Yo, por lo menos, dí nombres al ser absoluto y sé de dónde vino. Es el Chiquito del Espacio, el pigmeo de los gandallas. Puede que sea la victoria del movimiento (que es mi vida y mi sustancia) sobre la fuerza gravitacional el único misterio que exista; ya que no hay tal cosa como la Nada del Don Nadie.
 
Me encanta la idea de que haya algo más que el vacío. 
 
Aún en el mugre vacío, el polvo viaja. Hay residuos ya invisibles de estrellas muertas y el aliento de supernovas que, de seguro, sintetizamos en el cuerpo y son elementos más pesados que el helio. Mi siquiatra es feliz cuando digo que Don Nadie no existe y él es otro pendejo, igual que yo. Pero mi hermana me creyó primero que nadie. Ha sabido oirme. Jamás ha dicho que yo un señor que dice pendejadas. El Todo está lleno inagotablemente. La sustancia es infinita. Es tan indispensable saberlo, carajo. Tiene que haber un edén perdido. Una tierra. Una mujer, una pareja que sea como sueño.
 
Ahora estoy lleno de un fantasma, con sustancia, con temperatura que yo mido con ojos de buen cubero, en una gráfica de contador que no existe.  Puede que haya que decir ésto, lleno de culpas. Estoy haciendo escenas cochambrosas con su cuerpo. Ella es muy hermosa. La deseo con la misma inmoralidad del mundo y de lo inagotable.  Estoy integrando la unidad que perdí. Hedén ya no existe. La jodieron los incrédulos que no creen en Aor, la Luz, ni en Aisha, Eva espiritual y serpetina, no la pendeja y llorona, alma emputecida y corrupta.
 
¡Pero, al menos por un rato, no siento esas culpotas siquiátricas! Hoy, por los momentos, que ella me brinda el espectáculo de la Eva desnuda, la toalla caída, el chochjote a la vista, me siento adámico. Con el poder y el control lo que encumbra, o me sube al alero donde cuelgo, para tener el conocimiento de la Luz y el Soplo de Aor.

II.

Mi erección es cada vez más espléndida mientras tú sujetas el espectro, como si estara dentro mí el Pozo del Viviente que me ve y la plenitud de la luz de la Verdad. Has rodeado con tus brazos mi cintura y has dejado mis brazos presos, porque yo te subiría si tuviese las manos libres al ápice del nabo.

Una deidad eres y allá donde trabajas, Catherine, ninguno tiene unos nombres más bellos para tí que los que te doy. Aisha. Sémele. Isis. Isha. Perséfone. Evé.

Sólo yo cultivé mi soledad, adorándote, y ennoblecí lo más vil de tu atareada vida para que el día que sea libre y sepa hallarte, abierta para mí como una puerta, entrar y penetrarte. Tú serás la luz; yo, una tiniebla que te ha conocido. Me alojaré en tí. Eres la novia que anhelaba.
 
El panteísmo de Spinoza me permite una identificación con la Naturaleza, que es erótica y zooerástica. Lo primero es visualizar que soy un puntito de luz, el punto inerme de una tangente infinita. Luego, por causa de esta noción del ser (sattva, como dicen los atomistas de la India), quepo en todos los lugares. Me filtro en los vacíos. No necesito de enormes espacios.  Ni de enormes tinieblas. Nadie se deposita en mí; pero yo sí lo haría en la vagina deseada, en la apertura de otro ser, soñado. 
 
El podrigorio de un pájaro negro no me ocupa. Sin embargo, las tusas de la cumbiamba se desesperan. Se quedan sin auditorio cuando llegan a predicar. Esperan que yo les crea que la esencia de la consciencia es lenguaje.

Ustedes, los promotores de himnos culturales y los elucidantes de rezos litúrgicos, se arrodillan y cantan, invocan a las sombras absolutas, a fin de contarse como devotos inspirados. Se creen que tienen el «Summun Bonum» agarrado del lomo. 
 
Algún primitivo profeta propuso la Gran Receta: abrirse en diálogo con el objeto ideal y los diseños de esperanza. ¡Llenarse de palabras y fórmulas: chachalaca al mole!  Mi receta ideal: es colgarme de los ejes e imaginar que soy tan pequeño como un puntico de luz. Y que la Luz se expande cuando el Soplo se inicia y rasga los velos oscurecedores del espacio.
 
Imagino que soy mudo como un árbol. Así no molesto a nadie, soy muy inocente y me escondo de los pájaros negros. Se me olvida la hora de almorzar, cenar y bañarme cinco veces diarias. Tampoco me cepillo los dientes. Soy microbiótico. ¿Y qué necesidad si en el puntico de luz no cabe una bacteria? Aún así, no sé por qué... ¡he esperado por alguien! ¿Será por tí, Catherine, Eva terrestre?
 
Don Nadie, el dios pigmeo, el hoyito valiente, negrito de pendejos hasta el culo, me promete la Virtud Eterna, las Ropas Blancas, las bienaventuranzas de la Resurrección y la Santidad. Dice que no quiere que yo sufra. Que vuelva a ser Aisha de paraíso.

En realidad, no pretendo tantas cosas. A veces, con Don Nadie, porfío sobre lo que se me dará, por retribución de mis buenas obras o por castigo por mis baturradas. En secreto digo: «¡Déseme una mujer que sea como Catherine!» La Eva terrestre, la Aisha que me perdona si la espío duchándose; perdona si confieso, un pájaro negro, con maldad canalla, me habla al oído, me caga los chaquetones.

Medito sobre la hipotésis siguiente: él puede, al final de cuentas, como Sanchoclós en Navidad, dar algo que no sean disgustos. Hace muchísimo tiempo solicité de él que mi cuerpo ocupe el mínimo de espacio. Y que mi consciencia, sea despojada de lenguaje. Que sea mi yo una chispa de luz, nomás...  Esto es ser parte del Dios que es Todo y Nada.
 
Colgado de los pies habito la luz perdida. La que se fue de Hedén / o Hadama de algún modo y borró el paraíso. Yo no hay paraíso como aquel de Aisha. La Eva celestial.
 
... Tú, con tantas luz guardada y oculta bajo tu dureza de perro amargo, siempre callas. No te quejas. No ladras. No te jactas del brillo de los rangos de tus magnitudes y misericordias. Envidia de los santos, boquetito arisco, casita vaginal para las vergas que se portan bien, dáme un pináculo en los montes lleno de luz...
 
En fin, rezo. No soy un irónico, cínico de lo peor. Estoy enfermo de la mente, según un siquiatra. Estoy enfermo de nostalgia de Dios, dice mi Catherine...  Mi sangre fluye con su memoria eterna, el presente que nunca termina. Organizo las palabras escondidas. Sudo cada esfuerzo. Nadie lo hace por mí. Cuido el bosque de los árboles vivos y del riego de mis silencios, que son porfiadamente creadores, nace el Arbol del Conocimiento. Quiero merecerla. Que Catherine no me abandone. Que no vaya a un hospicio. Que me dejen con ella.
 
Como amante perenne, no me desperdicio. Espero a una mujer para completar mi gran día con la Luz. Necesito mi erótico volumen de gracia, mis geotrópicos movimientos de cadera, mi sensual fotosítesis de inspiración y gusto. ¡Qué delicioso es estar colgado de los pies! Bailo con mecidas. Como canción en mis labios, son el hacha y la hoz. Me gusta esta locura. Cristo se apiada de mí. Es un pez del aire que chupa de mis poros y los lava con saliva... Yo creo en Cristo como en pan y pescado. Si Cristo es otra cosa, no sé. Prefiero no creer en él. Prefiero a Buda o a Mahoma. O Gloria Trevi y Alejandra Guzmán. Yo no me complico la existencia. Que se la complique don Nadie.
 
Hay frívolos sistemas, sintáxis descodificadora; pero, ¿de qué valdría si el mundo no es concreto, aunque sea doloroso y feo? Así que se vale soñar, o al menos, buscar una herramienta de la prosperidad... En mis pausas se martilla. Se timbra. Se repican las campanas. A más golpes, más crezco. La altura se satisface en el gozo y más posibilidades libero de los seres que se roban el espacio y lo llenan de sombras. Yo no soy la verdad al alcance de la mano; pero estoy orgulloso de no serla.
 
¡Qué maravilloso es pagar el precio de todo, sin monedas, sin codicia, sin miseria, y en la realidad cotidiana, que preguntemos por qué el martillo no está en mi boca, sino en toda la piel!

Publicado por elzorro2 el 27 de Marzo, 2008, 9:25 | Referencias (0)

El exhibicionista

Viví 12 o 15 años con este problema del arrimo de una megáspora, opresora a todas horas. Se fue compasivo con ella y no conmigo.

Se protege, hasta el exceso, a esos invasores. Fornicamos con ellos a diario. Los abrigamos con nuestras cobijas y echamos por la punta del capullo el chorro del ens seminis. Los idolatramos. Ese es el ideal falseador: Son lindos y buenos. Los ídolos quieren nuestro bien. Nuestra felicidad. ¡Que sigan multiplicándose pues como frutos en los vientres de las vírgenes!

No sé por qué remiendos, o componendas, el ser de Don Nadie les tiene comprados a todos y, a pesar de las ofensas que comete, se permite que individuos como yo salgamos a la calle, oliendo a una poesía de odio, que él nos inspira e inyecta. Quiero decir, yo odio a los ídolos. Voy siempre por la neta. Una verdad desnuda. Una vehemencia sin máscaras.

La encarnación del Gran Payaso, su ente singular, pícaro, cachondo, ya es cosa del pasado, opino no yo. Ya entiendo aunque sepa que el juicio y el entender no son la verdad. Entiendo que no debo vestirme de Payaso, hazmereir, ante mí mismo.

El fue invocado en los templos del «fascinum» y en el Yo soy de la confesión mística. Para él, inventamos el Shekinah, ¡aleluya a su Gloria! Uno es capaz de quitarse los calzones. Follar en verdad. Uno es puro hasta en la pezuña hundida. Hay un oculto Bien y a veces sacarlo es exponerse a los ladrones. Pero es como uno debe ser: Puro. Neto. Verdadero. Claro.

Y, por tanto, el Gran Payaso no es un ideal. El ríe cuando debe llorar. No sabe a dónde va ni qué anhela. Es un caos. Y, sin embargo, como suplantador, se acomodó en el círculo primario con la quieta pachorra del iluminado.

Algunos no dijimos que le amamos... ¡Pues para que venga Su Reino es necesario que se quite la nariz roja, el oberol de bolitas, las greñas... el payaso debe desvestirse y, sólo así, aguas, que no se azote el consuelo! Hecha sea tu voluntad de quienes de veras aman y protejen a lo más frágil de lo humano.

Llegó por quien lloraban, ¿no es así? Miren mi caso. Mi ejemplaridad y no lo expongo porque yo sea un narcisista. Yo fui payaso. Con mis pendejadas se rió todo el mundo y no que fuera muy chistoso que digamos.

El ahora es el centro oscuro, como decir el sótano donde yo me cuelgo de los pies. Por seguir iguales ritos, allí y con los otros tontos que esquivan el soluto, estuve en aras de la búsqueda y el rezo. Fue mi lugar más desquiciado porque fue mi lugar de reposo. En la universalidad de las transformaciones materiales, o nos atrapan las moscas, o nos derrumbamos en el caos y dejamos el ser por los hadrones.

Fíjese que le doy la oportunidad de ser prudente, en cierto modo, lo invito a mi casa para quitarse esa tristeza de payaso, y se transforma en el limosnero con garrote. En esta ocasión el Gran Opresor / el Gran Chistoso / el Fascinador funciona como quien finge gratitud. Me dijo que me obsequiaría unas alas si lo dejaba vivir dentro de mí.

Dijo que soy muy hermoso, que tengo el cuerpo (sattva / bodhi) que él quiere. Le dije que no volviera. Soportaré mi dolor. Me entraron las ganas de matarlo. Salió el peine. El fulano es inconsistente ante en éso, la sexualidad. No quiere nalga de mujer; él come hombres, muchachitos. Con razón le rompen las narices y está siempre golpeado en el fondo del caos.

A la tercera visita, él ya sólo hablaba de puras cochinadas. Después de sus puterías me agarró las bolas... Me descolgué hecho una fiera para matarlo, pero él desapareció. ¿Dónde se fue? Se había metido dentro de mí. Lo supe porque, en esos días, tuve la obsesión muy grande de volar y lo sentía dentro de mi estómago. Llegué a meditar en detalles. Es un torpe, gandallón, inmoral; pero quería algo. Tenía un anhelo, aunque sea uno. ¿Pero puede dar alas quien nos la tiene? ¿Puede elevarte quien no conoce el espaco?

El doctor Maltzaman no halló las temidas úlceras gástricas que se me supuso como síndrome de un payaso en el estómago, ¿me cree? Ni tengo alas ni tengo espíritu. Ni úlceras ni índices de un homosexualismo latente. De modo, que me dijo: Quizás eres un poco narcisista. Y porque eres así, protégete de las caídas y de los invasores. Claro, siempre caigo de panzaso en la lona. Me protejo.

Sobre un matress, muy mullido, me tiro si quiero de cabeza. Ensayo mis caídas sobre Las colchas. Caídas peligrosas. Sólo que el delirio de ángel alado me duró poco tiempo, gracias a ese payaso que hallé en un circo...

El engañador dentro de mí se creyó tan hermoso y no lo era. El era un vergudo. Un macho tonto, bruto. Algo para las mujeres burguesas y quedadas. O las putas. No para mí.

Yo soy pintor. En mis canvas plasmo los ángeles. Hice unos murales en el Banco, por una beca. No se confunda. Me gusta la lucha libre, hago mis rutinas de gimnsasia y en el sótano de mi casa, o si quiere, mi estudio, casi nunca va nadie.

El payaso, motivado por mí, se matriculó en un curso de arte. Sólo para andar conmigo, peguiche. Y él que ni dibuja ni pinta, ni picha ni cacha, anunció: «Este putillo se soltará la correa sideral, se bajará sus luengos pantalones, el supercluster, y exhibirá dos míseros guisantes, planetas que jamás se cocieron». Ah, supongo que hablará de él, porque, yo me veo mi propia cosas, y no tendré un tolete tan grande como el suyo, pero mis guisantes están en condiciones. Suelto leche en cantidades; he resbalado en el baño sobre mis espermajos.

No tuve que ver nada con su propuesta. Así me ridiculizó... En el salón, esperaban que yo posara. Que se hiciera un cuadro mío. Dizque yo lo había prometido al alumnado de artistas. La futura generación de pintorazos y retratiste de México.

... pero es cierto: ¡él se desnudó para una clase de Arte en la Ibero! Házlo tú. Mas él estaba en mí. No serví de modelo. El lo hizo. ¡Qué vergüenza!

No tuve que quitarme los calzoncillos; pero, ahí de fresco, me las pasé el santo día. Sólo porque el Gran Payaso propuso: «Pintemos a mi amigacho alado. Es tan espiritual que su desnudo es el alma». Se vengaba de mí. Ya repetía, a pie juntillas, mis palabras, mi estilo expresivo, mi visión. «Hay un oculto Bien y a veces sacarlo es exponerse a los ladrones. Pero es como uno debe ser: Puro. Neto. Verdadero. Claro. Verdad desnuda.

Posé para todos. En realidad, no fuí yo quien se atrevió; sino el gran payaso. Píntemosle el alma. Nadie me vio el alma; él que suplanta sólo muestra lo externo, el que observa, con sus ojos, se inventa otros fantasmas. Puede que sea el vergajo del tránsfuga. El sexo con el extraño. No me conocí tanto a mí mismo hasta es momeno en que un Don Nadie da órdenes y uno hace lo que él dice.

Una guarra me pintó desnudo y tituló su cuadro «El purusha»... A otras les fascinó mi genitalia. Pintaron una especie de exhibicionista. Después de varios días y yo, o él posando, quisimos festejar la experiencia. Escuché al Opresor / al Fascinador / al Payaso / Pordiosero con Garrote: «Veamos si ahora, mujeres infinitas del mandala, insistís en vuestros juramentos, porque el dios que conocemos llegó desbraguetado, en aras de la amada, y el universo de sus canchondeces se mantiene expansivo para siempre...»

«No me gusta el modelaje. No sirvo», dije desmintiendo a la pintora.

«¿Por qué? Lo hicíste bien».

El Payaso / Don Nadie, no sé donde, no sé cuando, ya había cumplido su tarea. Lo sentí intensificado. Fue por mi boca, la del Purusha Alado que la pintora trasladara un lienzo, que dije:

«Se me arrecha la verga de volada y después las pintoras se acercan. Me invitan a follar».

Publicado por elzorro2 el 26 de Marzo, 2008, 23:33 | Referencias (0)

El cielo y el suicida

Más de una vez traté de matarlo; no de matarme yo. No soy un suicida. La vida es un desafío y yo la admito. Son otras cosas las que mato.

Lo tuve, maldita sea, casi en mis manos. Habría asegurado: Esta vez no te me escapas. La celada fue perfecta. Quise dar un salto a lo inorgánico, después de leer que todas las realidades son mentales. ¡Un libro de Berkeley! Esta sería mi cura («Sorge»). Lo lanzaría al vacío desde la Torre Latinoamericana.

Y este acto de dignidad fue interrumpido por Jeremías Campas, quien llegó con Cèline, una de mis primas lejanas de la Tribu de Voisin. El me agarró por la correa, de súbito. Y no se enteró que, con el amago de saltar, el heboide cachombroso salió de mí y yo detrás de él para atraparlo.
 
«Cabrón, ¿te ibas a tirar?»

«No», le dije a Campas. «¿De qué hablas? ¿No víste al pájaro negro que acaba de volar?»
 
«¿Qué pájaro ni qué pájaro? ¡Pajáro, mis güevos»

Sustento una teoría de la megáspora visitante, o sea, por la existencia de seres aberrantes, así como en las historias de los extraterrestres; pero él cree en suicidios por amor, en renunciaciones, en censuras trascendentales... Siendo mi enemigo en amores, me salvó la vida en favor de pajarracos cósmicos.
 
Me jaló hacia él como si yo fue un costal de papas. Me zafé. Y me vio correr tras el pájaro negro, sólo que él no entendía mi corrida ni veía el avechucho de mi maldición. Yo sí lo advertí en muchos de sus detalles... y por eso identifiqué que se trata de una megáspora. Una criatura alada, absurda, cuyo origen es la mar.
 
Esto ocurrió hace diez años en circunstancias ligeramente diferentes a las del suicidio de Campas... Bueno, perdóneme. Este asunto de Jeremías puede que sea tema de otro asesinato. No viene al caso, ¿o sí?
 
En aquella ocasión Cèline y él corrieron tras mí, dizque para evitar que yo cometiera el disparate de morir. Dijeron que comencé a alucinar. Se preocupaban como si yo fuera el único que loquea.
 
Todos alucinamos. ¡Todos, todos! ... aunque yo soy uno de los pruentes ms cautelosos. Y no se dan cuenta. Están convencidos de que el mundo es una locura generalizada, la orgía colectiva de tarados más democrática e hipócrita. En ese sentido sí me siento peculiar. Yo soy un poco cuerdo. Y hay soledad. Soy uno de tantos que asisto al simposio. Discuto las locuras de otros y nadie examina la mía. Ni mi locura ni mi prudencia. Ni mi lucha ni mi derrota.

Cada cual tiene derecho a justificarse. Unos dicen que los fenómenos son fantasías, otros que son nóumenos del subjetivismo, otros metafísica, otros arte, otros ciencia y prudencia. Esto último es mi campo de acción. Soy prudente, más prudente que el mundo.
 
La Teología es la peor de las racionalizaciones sobre el Orden Natural de Newton. Propone la noción del escape trascendental. A Feuerbach le dio coraje la invención de Dios, la proyección inventada del alma, el ángel, el espíritu y el inconsciente. Que tan sólo vale verse como sótano de ideas innatas.
 
Para fundar mi lugar, hacerme fundación de mí mismo, parto de la prudencia. Defiendo mi espacio. Digo: ¡Que nadie me quitemi lugar!

¿Cómo cree que reaccioné cuando ví a la megáspora salir como un pedo del diablo pelón? Estuvo alojada en mis costillas, entusiasmándome con una síntesis de la epistemología crítica de Kant y la ontología mística de Spinoza, sin darme ni Tierra ni Cielo. Porque es una tortura lo que él propuso (el ser contingente y no necesario del Ser Necesario) y mi mente se rebeló contra el dualismo. 
 
Me vio enfurecido. Neta, porque eso sí... soy monista. O requete-monista. El dualismo me desubica. Aún así, yo no tengo comprendida la ontología del ser.
 
En la metafísica, de plano no creo. No creo. Mejor muerto que sin lugar alguno.

Sin mis entrañas como alimento, ¿pues, tendría alguna fuerza el pájaro negro para salir del acoso de los visitantes de la Torre Latinoamericana y hallar una ventana? Lo alcancé. Dí un manotazo aturdidor. Lo derribé, lo recogí.
 
Lo apreté por el pescuezo: ¿Creíste llegar a ser parte real de mi mundanidad (en el sentido heideggeriano), chupasangre, y creíste darme tus alucinaciones zoopsíacas como único legado?  ¡Ahora, muérete, gusano! Cuando el tecolote canta, el indio muere. Yo soy el indio que te odia.

 «¡Muérete, tecolote!»

 Lo madreaba con furia.

 «¿Qué tienes, muchacho?»
 
Cèline salvó la vida del bicho cuando me abrió el puño.<p> 
 
«¿Qué tienes en la mano?» sí, recuerdo que lo preguntaba una y otra vez. Creyeron que una navaja para abrir mis venas y, finalmente, ay sí, tu pendejo seré.

Aseguró que el pájaro que yo decía estrangular no fue otra cosa que un amasijo de estopa, o pelusa de polvo, que ella misma vió revolcarse en el aire. Ella comenzó a colocar las palabras en un discurso lógico, visual, categorial... y la realidad mental, la coyuntura original para el asesinato, se diluyó y el pájaro negro se internó en mí, por segunda vez. Y tuve que aceptarlo: ¡tenía en la mano puras greñas, revoltijo de no sé qué mierda!

Cuando el tecolote canta, el indio muere; ésto no es cierto, pero sucede.

Cèline dijo: «Tú no eres un indio, Pirri».
 
«Maldita seas», grité. «¿Sabes lo que hicíste? ¡Quitaste mi prudencia! Me echaste  al estómago de quien me quiso tragado».
 
Escuché el tecolote. Cantaba las cuchufletas y burlas con que antes me empozoñara.

¡Vivo, está vivo otra vez como huésped de mis huesos!
 
Utilizó los indicios formalizados del lenguaje de ustedes, el habla de la medianía, el rasero y la distancia. Habló como el perfecto Don Nadie. Ofreció, aparentemente por mi boca, lo encubierto como conocido. Aquello fue mi suicidio intelectual que salió a volar.

Cèline lloró porque le dije «maldita seas, metiche» que fue lo único que dije. No sé porque me quiere en el Cielo que ellas es. No sabe dfel lugar que anhelo para mí. l aquí y ahora.

Llorona, pobrecita. Saqué la metáfora del perdón y el irresponsable transubjetivismo subjetivista que nos permite el buen comportamiento.  Les seguí la onda. El indio de mi paz comenzó a morir. Viva el acervo de la Europa filosófica y la modernidad, la Edad de las Grandes Ideas y el hombre del futuro. Viva el Cielo de Cèline. ¡Vivan los cantos de sirena!
 
Me sujeté al condicionalismo conceptualista, como si creyera ser el único esquizofrénico, en arrepticio por los heboides, que son los pinches seres. Usted sabe. Lo menos que me divierte es tener al puto estropajo dentro de mí y que una mujer llore por mis arrebatos.

Publicado por elzorro2 el 26 de Marzo, 2008, 22:42 | Referencias (0)

Ella y yo

Somos pobres y humildes, ¡piedad! ¡Ella y yo! De nada podemos jactarnos. Ninguno nos cree virtuosos ni creadores. Nadie nos toma en cuenta. Somos soportadores, carpinteros del interior.

El progreso no se hizo para las bestias ni la miel para los burros. Somos los fracasados. No estamos ahí.

«¡Ojalá un rayo los parta y sólo queden las quintas de los millonarios!», nos dicen. Vivimos en sótanos baldíos, desarmados, sin odio suficiente para defendernos. No supimos robar los almacenes, porque somos cobardes, ni atacar a los indefensos, porque somos buenos. No aprendimos a ganar, porque somos tontos, ni hacer violencia, porque somos enfermos.

Los querubines nos juzgan a priori. Nos detienen bajo sospecha de crímenes que otros cometen. Las cucarachas se acomodan con nosotros. Ellos las derramaron, con escarnio, para que veamos que no somos dignos de los huesos y la sangre que tenemos. Ni de lo que se comen las sabandijas.

¡Aún los perversos son de carne y hueso, de igual hermosura que los pobres sin dicha! Ellos no lo entienden. Los metafísicos quieren que vivamos a distancia, aunque nos han llamado hermanos una que otra vez y por nosotros inician recolectas. Migajas que se reparten.

Ten piedad, Baal de baales. Los feos, oscuros y malditos en la tierra, todavía piden un poco de vida y amor, residuos del pan diario, una promesa, una esperanza... y no sabemos confiar en los caritativos, triunfadores incólumes, perfectos ante sus dioses llenos de prudencia soteriológica y anticipadas bendiciones. No dejes que los piadosos, fundadores de agencias de beneficencia, asilos y cárceles, nos recuerden, instante por instante, migaja por migaja, que no merecemos alimento ni libertad ni abrazo.

Somos pobres y humildes. A veces nos sobran las ganas de morir por algo más hiriente que sus acusaciones.

Dános tu piedad, baal de baales, porque Tú sí nos comprendes un poco.

Aún para ustedes se abren todos los brazos. Ocupan los asientos en los templos y nadie les obliga a partirse la madre con los seres cochambrosos. Ignoran que éstos ya pueblan las villas y lanzan a suicidas, escaleras abajo, con las narices llenas de mota. Los borrachos dan tumbos en la esquinas, después que se chupan las babas de los pájaros negros.

Pero, de allá para acá, estamos nosotros, los menos afortunados, indígenas alertagados, amenazados de muerte, que no tapamos el cielo con la mano, ni aguantamos chingaderas a los invasores, y que sólo tenemos por opción el milagro de milagros, el alma de toda piedad, orar y ser oídos, aunque tengamos que colgarnos al techo, orar y morir...

Es que no soy hombre moderno. Nunca dije: Soy un hombre concreto, indomeñable del presente. No se me puede pedir los sorbos de ciencia, milagros de tecnología y hazañas actualísimas de organización. Soy prácticamente inútil. No me complazco en el Siglo de las Grandes Ideas mientras existan los pájaros negros. Así somos ella y yo.

Los científicos no evitan las catástrofes. Se veda a ellos que platiquen con los dioses y se coulguen de sus pies. Tienen que ser más santos que los santos, pero fabricar las armas de la matanza, curar con pócimas a los hombres del poder, sin agradecer a la Madre Tierra que todo lo prodiga. Ya no seré científico. Ya no quiero una colonia en la Luna. ¿Yo? Sí, prefiero ser un demente. O morir en los túneles de luz.

Me alegra que ella, quien me acompaña, no sea otra mujer del presente. Ella es como yo. ¡Qué maravilla es tener a alguien a quien llamar COMO YO!

Tampoco le piden que aporte al siglo de las Grandes Ideas. Ella no puede, no sabe. Otra tarada. Me gusta que no tenga arrepentimientos, que no vaya a misa, como la madre que la parió. Ella me perdona las fascinaciones, las cobardías y las estupideces que yo expreso; me perdonará las que siga cometiendo mientras viva, diariamente. Ella tiene el alma hambrienta de combate y resistencia. Está triste, como yo.Tal vez es afortunada. Digo, sería por excepción.

No tiene ningún mérito pasar por la vida sin vencer al interno rival. O quizás mi pájaro negro es el suyo. Habita en mí, pero es de ella también. Yo no sé. Su mérito es que se entristezca por mi tristeza. Su perdón me ayuda. Lo combato por los dos. No estoy tan solo. Yo y ella, la solidaridad.

Como toda alma hambrienta, ella creyó a las autoridades, a los atávicos controles del pasado, a las hordas de Don Nadie. Se engañó. No puede matar su pájaro negro, quizás porque no lo siente dentro de sí... Ella ha dejado de ser histórica y pública, tradicional y colectiva. El mundo es cruel. Ella lo sabe. Que los don Nadie, no importan donde estén, son dañinos. Lo entiende como yo y sí tiene mérito. Comparte mi soledad. Comprende mi batalla.

Ella se acostó a mi lado y comió del pan de fuego. Fue ladrona del maná y su hambre se hizo hermana de la mía y, por tanto, otros la castigarían en las torres de la envidia, la opresión y el sarcasmo. Para ella, nuestra locura vale cualquier sabiduría y cualquier gesto de amor. Sin embargo, nada diremos. Si lo digo es sin querer, cuando hablo a solas, solo.

Si me besa la boca, si habita mi alma, es nuestro secreto. Puede que el pájaro negro mío y suyo hayan muerto y nuestras almas se volverán más hambrientas que cuando los invasores se alojaron. El perdón que nos redime no lo dictará Don Nadie ni sus instituciones. Sólo nosotros podremos a través del proceso, porque el hambre nos hizo buscar el amor y el placer que hay en nuestros cuerpos.

El alma en hambre de libertad es la esperanza que ambos tenemos para todas las edades y todos los futuros. Hemos matado algo que nos separó. Puede que vengan otros desencantos para culminar la tarea de aquellos que nos encadenaron. Eso sí nunca lo sabremos, pero mientras esto sucede, vamos a seguir amandonos libre y generosamente.

Publicado por elzorro2 el 26 de Marzo, 2008, 22:15 | Referencias (0)

 

 

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