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Lo que el ciudadano se calla, el poeta lo dice. La comunidad es valiosa. Claro, claro. Hombres extendidos son ambos. El ciudadano calla cuando tiene miedo. Es soportador y la ley lo proteje. El poeta va solo muchas veces y, sin embargo, con su odio y con su miedo realiza malabares. Transforma la palabra. La vuelve más peligrosa que el cuchillo.
No siempre el ciudadano combate al que delinque. Al que un estilo de vida idolatriza y en un sistema de clubes y partidos se esconde, no lo ampara, el que conspira con trinchera de verbos y adjetivos.
Unos hay que odian y se prejuician por razones triviales: un equipo de fútbol, una bandera, un ancestro, un pedazo de tierra, unas lealtades oportunas, un fanatismo. El poeta lo dice cuando al ciudadano se propone atractivamente la venganza en la forma del estereotipo; en su defecto, el poeta se aventura por un más allá de lo más obvio, busca la esencia. El ciudadano descansa.
Lo que el ciudadano calla, el poeta lo dice. Hay culpas colectivas y gentes maltratadas en hambre, en abandono, niños enojados desde la cuna, agresivos, y no es bueno que el poeta lo proteja de castigo al llamarlo la víctima. Es el ciudadano quien lo llama pandillero y aconseja que saquen de su ira su castigo.
La ley que lo resuelva; ésta pondrá en cintura a criminales, ésta no tiene miedo. Esta sí sabe redefinir, punir cada delito. La ley que no vive de emociones ni exagera el optimismo, hágase cargo. ¿Qué evidencia auxilia al ciudadano que mete sus narices? ¿Con qué plan, paso por paso, añadirá sus recursos si sólo tiene la fe y la buena voluntad, como el poeta? Sea pues la ley-gobierno, quien se encargue. Sea la culpa colectiva la que llore más allá del individuo-ciudadano; pero el poeta no calla. Quiere ser juez y parte. Acusa cada velo de las corporaciones, cada protección donde se esconde su enemigo.
El poeta no se calla los pasados. Denuncia el karma por muertos no llorados, el luto, el encadenamiento; pide restauraciones, homenaje al sufrido, justicia para los explotados. El ciudadano calla la matanza del indio, la esclavitud del negro, los robos oficiales, el terror escondido. El ciudadano calla; el poeta rescata alguna verdad en los orígenes.
A las heridas que supuran como llagas reestablece sus nombres olvidados, su raíz amarga, la memoria impune, de los opresores. Hombre extendido hacia un por qué con sus detalles, el poeta, hombre extendido hacia el silencio cómplice, el ciudadano, porque no son tan iguales en el fondo.
Del libro El hombre extendido
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