Carlos López Dzur
Su poesía, sus cuentos y su filosofía

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La gente que me gusta

Yo amo a mis semejantes.
No con amor simple y sentimentaloide,
sino con amor visionario,
a veces no presente ni directo,
sin aquí circunstancial.

Amo a gente que no conozco
y que ya no puedo conocer.
Y amo a otros que me asedian
con sus pequeñas agendas de simpatía
aunque yo ni agradezca ni me entere
que están ahí, babosos, inoportunos
con insolícitas ondas de ego-sintonía.
Se volvieron amigos o vecinos,
o compañeros de mi privada cercanía.

Yo amo y es bonito y llevadero
amar a todos, escuchar, sonreir,
joder a veces, tener motivo para todo y nada,
ser persona y no tener que ignorar
al que produce decepciones de fondo.

Eso sí. Hay gente que me gusta.
Gente con muchos ojos
que originan o proponen modelos de realidad
que no obtuve, ojos que ofrecen más que superficies
y zonas perspicuadas en lugares comunes.
Ojos que perciben y enseñan a percibir
lo que estuvo escondido, o encubierto
por aburridas secuencias de vulgar ver,
o traicionero ignorar.

Los visionarios me liberan
y ser libre es descansar,
respirar hondo a la esperanza.

Me gustan, además, los hombres y mujeres
que tienen muchas manos.
Ninguno es más generoso que ellos.
Son recursivos, fundadores y pioneros
de abundancia donde hubo penuria.
Palpan la dicha y la belleza
donde había insuficiencia y tormento.
Ellos acercan los sueños, lo convierten
en materia prima para el taller más práctico.
Son tan inquietos que una mano perezosa
estorba si sólo mira, pero ¡qué bueno!
gente de muchas manos existe
y te contagian, cuando crees
que únicamente abrazan, o te palpan.

La praxis, con vívido entusiasmo,
es su labor inspiradora, su ajetreo.
Y no hay limitación ni minusvalía
que ellos no conviertan en proceso vivo,
en constancia productiva y desafío.

Me gustan los consoladores.
Son danzantes, hermosos, algunas son
como niñas de inocencia militante,
algunos son como ángeles materializados
que sacan lo mejor de cada instinto
y transmutan la coquetería, lo sensual,
lo exquisitamente insospechado, lo sublime.
Todos tienen un lenguaje de poesía.
Juegan con el porvenir y su latido y suenan
como campanas, vibrantes melodías,
mientras dulce, plácidamente, desprenden
del misterio una memoria perfectible.

También me gustan aquellos
y aquellas que ven más allá de las narices,
lo que aún estando tristes se inventan
la alegría, el aroma cotidiano del poder
sobre lo horrendo y lo marchito.
Son los primeros valientes por sus frases,
son las primeras optimistas voces
de lo alternativo
y, en conjunto, hombres y mujeres
como ellos me gustan,
sean niños o ancianos,
tengan o no, la edad o el tamaño o el color
de lo que quiero; me gustan
porque son diversos y adornan la vida
con múltiples verdades, con rigurosa
trama de vitalidad, con transparencia
de la común nobleza que se pierde
porque somos voluntariosos, caprichudos.

Quienes anuncian el triunfo son como ellos;
los que están en faena para
que no haya derrota
tienen las mismas virtudes.
Son sinceros sin ser ofensivos,
plácidos sin ser indiferentes y grises.

La gente que me gusta,
y que tiene muchos ojos, feroces manos,
alertas instintos, táctiles y auditivos,
con su genuina poesía, conspiran
contra el hoy inmóvil y el temor histórico
a ese pobre ayer descobijante,
siempre incompleto e incierto.

La gente que yo amo y me cautiva
tiene sed de porvenir, construye
su mañana, cree que la revolución
es esperanza, la utopía sentida
en carne y hueso,
la voluntad hecha verbo.

http://www.geocities.com/baudelaire1998/texto6.html

Publicado por elzorro2 el 23 de Enero, 2008, 7:15 | Referencias (0)

 

 

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