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Para aquellos que meditan el ser, que lo escuchan con la intensa sed del ser-acompañante y el hambre de encuentros con la biología, diré... que existo... y soy en un pensar determinado.
Medito al ser siéndolo, según lo soy, y a veces hallándoles a ustedes en este soluto que persiste, a pesar de todo, y que nos lleva a perseguirnos, a estar juntos en algún punto del soñar, en algún espacio del vivir.
La poesía me permite andar despierto y enamorarme de todo lo que es bello. La mujer maravillosa está en algún resquicio de la andanza con misterios llenos de piel, con belleza llena de cantos. En todas sus edades ellas afloran como luz del alba; se escapan y se diluyen como plenilunios en los abismos del amanecer. Siempre bellas se van y siempre bellas vuelven. Todo lo bello me gusta, ¡ellas, sobre todo! sus pezones, que son ubres de Nut sobre el círculo del cielo, sus nalgas redondas que los tersos firmamentos fincan para gozo de la varonía, ctónica y telúrica.
Con lindas piernas, como las niñas tienen, los pasos pueden ser abundantes como edades de sol o de penumbra; los juegos son infinitos, las fases únicas, las distancias breves, sorpresivas, novedosas. Y se anhela caminar, deambular el alma como si todo fuese infinito y color de rosa. De la mollera al calcañar, sólo se aprende dicha, error sin desconsuelo, herida que no sangra, machuconcillos cósmicos, asombro crediticio.
¿Y qué tal la voz cuando el río de las sílabas se abre entre peñascos su camino refrescante y en las ortigas del habla y del oír se cede al cauce, se sumerge todo?
¡Qué bello a la postre nos resulta la plena comunicación, la sincera fruta de un conocimiento, la dulce cosecha del que dice te quiero, me gustas, qué buena onda, qué padre, ay, maravilla, qué bellos los que anhelan, los que dilucidan, los que enuncian el porvenir, los que preguntan con sabiduría, los que aprueban con sensatez y los que obsequian, con solícita cautela, sin rigor, sin mentira, sin egoica pasión de truhanes ni vulgar ventanjismo...
¡Qué bellos, me gustan, los quiero, los bendigo, les festejo, les hablo con mi canto, humildemente orgulloso para que no me olviden y me quieran más! ¡Les necesito!
Y bueno es que estés ahí, meditador del ser, venciendo la sorda mudez de los ecos. Que te invites, convocado, a la palabra amorosa, que traigas tu agasajo de frases parecidas a las mías, pero con ese toque que sólo tienes tú, con ese aroma que sólo transpiras tú desde el fondo mismo de tu casa biológica, tu viaje desde el asomo amiótico al ego individuante, tan bélico por su ruido, simulacrado, perspicuante, tan transido en sombra y muerte y angustia y agonía.
¡Pero no estés triste, meditador del ser, yo amo a los que hablan hasta en el modo del habla del silencio!
A veces me sorprendo del aún inagotable todavía-señero poder-del-ser -romántico, a pesar de todo y de su frívola fantasmagoría, romántico (porque tiene mal eco decirlo) por ponerse una etiqueta de pureza, sin sustancia, de espiritualidad en tanganillas, como estila el zángano en la mufla de la nada, sin justificar un soñar en apetito y ansia y coraje y pasión, sin atreverse a sustanciar al ego y reclamar a esa mujer amada que bendice, en libertad, sus besos, sus coitos, sus entregas, sus orgasmos y sin amasarse con su trigo siendo parte de su pan y suerte de su destino, su porvenir y su soluto.
Sí que soy romántico y a veces no y no me muerdo los labios al decirlo ni me tiemblan las piernas ni visto de santurrón en ascuas al proclamar lo que dicen los falsos románticos de esquina, por fornicarios y atorrantes.
A la libertad la forjo con vida, el amor me lo como con calma, y soy pan que come pan; yo soy la risa y el contento del romanticismo, no la suicida jornada del desalentado, no el escudo de cupidines de feria en el monte, o la plaza, o el casino.
Amo porque quiero liberar. Amo porque protejo y ensancho mi horizonte, mi placer, mi dicha.
¡Sí que soy el caballero del individualismo hecho de pan y mujer, de niños y de juegos, de pasión en los cielos y en la tierra.
¡Viva la vida de los hombres auténticos del mundo, muérase la tirria y sus miserias! La soledad no me aterra, yo no creo que haya soledad ad infinitum; mas sí, hay fracasos y desilusiones, pero nunca se es romántico sin haber vivido el ser en desesperación y nunca se es romántico, sin una mujer a la diestra que te diga: ¡Hombre, despierta, canta, glorifícate en mí, vibra en el cosmos, que te doy el OM de la alegría y cada vibración del esquema sonoro de las aguas y de la solidez del quark en la física del quantum y sus soles!
¡Qué bello es el placer aunque sea breve! Ah sí, pero su belleza es eterna y nos compensa y la Naturaleza da dos lamparones, los ojos para que veas sus cuerpos, una nariz que magnifica su aroma, unas manos que descarnan la caricia para dar células complementarias de infinito...
Y la mujer nos desnuda. ¡Es lo maravilloso! Que su desnudez nos intime con tan intenso trámite de esencias que devuelva la progenie del topós uranus, en la juventud de la alborada, que nos haga sudar la gota gorda por una jerarquía en los deleites del ser-ahí-sobre-su-reino...
Yo me transubstancio porque me necesita. Me vinculo a la diosa de bellos vellos púbicos. Me arropo con sus senos. Acaricio sus dos nalgas que son mi fantasía. Ella me reemplaza con dulzura que gime, con pasión que es la fiera del origen, el alfa y la omega, el latido del corazón que vibra en la molécula, que vincula a las lunas, a mares, a víboras, a bisontes, a las Cuevas de Altamira, a glaciares con azul de la más femenina transparencia, siglo a siglo, milenio tras milenio...
Hay una dicha inefable en ser protagonista de placer y belleza, de asombro y de pasión, de alegría comunicante, de fiereza satisfecha. Es una virtud roer de tales huesos y glorificarse y lamer de esta experiencia, oficiar en tales templos al litar sobre la colcha ofrenda de ninfa, de mujer, de lingam-yoni en vez de sobre piedra dura de rutina.
2. La salud
Para ustedes que meditan el ser y me comprenden y sospechan cuanto me obsede el erotismo, la mitopoesía, les comunico: Cobijad, como yo, el canto, abrid sus ojos a carteles, a fotografías, a las piezas escultóricas de griegos y neoclásicos, a las niñas que pasan, a las chicas del campo.
Mirad a las flores que están en carne y hueso floridas como arboledas y pradejones.
Amad a esa mujer que está en la casa y todo lo que mencione sus símbolos, sus mitos, su padecer y su alegría, su necesidad y su capricho. Todo es el saldo en la tierra de Don Nadie de las que han sido luz en lo oscuro, lo bello a la mano!
... por de pronto, revelo este secreto: ¡la salud existe! y presenciarla en la piel, ajena o nuestra, es dar ojos a los huesos para que la sirvan desde adentro, la gocen desde el tuétano y su calcio.
Vitalizada la sangre marchita es resurtir las aguas en los sumideros; es bendecir a las hormonas (que son nichos de vírgenes y ninfas y golfiñas, o gopis, o doncellas tribales de las ansias, las brujas preclaras de la seidad y el misterio biótico de la verdad entitativa).
Meditador del ser, salud es dar belleza a lo posible y hacerlo es lo más supremamente grato, conclusivo, compensante, ideal, el poetizar que festeja su tesoro, el placer que perpetúa su orgasmo.
¡Qué bella es la salud de las mujeres y los hombres, de los niños y los recién nacidos! ¡Qué bella es la hoja verde por plena clorofila y la sustancia más roja de los pétalos, más que bella, y la transparencia más blanca de las rosas, los claveles y las margaritas, un gozo es, esperado beso!
Azul que sea la inmensidad, azul de crisantemos, azul de océano, azul la belleza acumulada del que en el ser medita y lo halla y lo ofrece y lo declara por amor.
Yo soy un hombre azul, romántico sin tristeza de todos los días. Me trago el alcoiris desde la jolla subterránea de mis ojos que se avolcana en pos de su ilusión trayéndola a la mirada fija, a ojos clavados en mujer, en cumbres, en sueños más duraderos que el hueso y su progenie. Que el mundo degradado y sus mundanidades post-históricas, publicitarias, indecentes...
¡Que se valga mirar como a las nalgas de las niñas montareces y puras, como a los senos túrgidos y a las bocas vírgenes, a lo bello de ese abrirse en esperanzas, a lo prometedor de esa liberación en ciernes, a lo necesario de ese restañido de ternura! porque como sámagos abiertos y brotados del occiso en el rincón más criminal del ghetto, brota siempre la posibilidad de lo más noble, lo oculto, sanador, lo insolícito que la psiquis estructura, por amor a lo bello, por mandato del Eros, no en azar, sino en olvido.
La esperanza empuja la tapa del vil caos, primitivo, olvidado y por artificio de amor, hay cosecha y se da color de pájaro a los cielos y voz de truenos a las cumbres.
3. Dolor de parto
¡Qué bello es el dolor de parto, sus continuidades de fruto, sus fases intermedias que dan color a lo gris, a lo incompleto, sintáxis de futuro y genética a partir de una raíz infinitamente interconexa, programada en libertad para los cambios!
¡Qué bello el peregrinaje secuencial y su finalidad cimera: la belleza es triunfo, fruta madura y en boca saboreada es del que come y comparte y bendice! Casi todo dolor es social, innecesario.
Casi toda angustia es culpa, insuficiencia. ... pero ustedes que meditan sobre el ser y han sido buscadores, testigos, héroes dentro de este despliegue tan duro de potencias, ¡sed pacientes, yo lo soy y me duelo a veces hasta ese coño del ¡ya no más! derramo bilis... tendrán que haber descubierto como yo, asidos al dolor de crecimiento todavía: la larva no es destino, en todo hay metamorfosis, el viaje no cesa.
El dolor se deja atrás en favor del poema que se derrama en la vagina de lo hermoso. No hay tristeza que permanezca en lo oscuro sin fluirse al útero de gracia, a la desnudez vamos, echamos el ropaje de tirria y de tedio, pies abajo, nos pegamos a ese cuerpo que hay que lamer como sol sátiro, caliente de vibra y escozores, hasta que ceda todo límite de prohibición y cuita.
¿Que ella correrá como patas de cabras, que se esconderá de la voz que la llama? ¡Mentira de la Maya, la voz de lo bello es invencible, su raíz ardiente, su compensación segura y exquisita!
La mujer es redención en sentimiento y subirá a la hamaca del deseo como si la llamara el aire de los bríos y ¿quién hay? ¿alguno que pueda nadar contra corriente cuando la mece, con ternura, el deliquio más gentil de la carne, su espíritu que da voces, compañía, otredad de universos plenos y armoniosos?
Meditador del ser, flauta en boca, con mi canto paso los besos del futuro, doy el abrazo de esta mañana, en la tibieza de esta noche en la cueva de los sátiros. A pesar de la rémora que detiene mi voz y de las tinieblas que cercan el diálogo, ahí anda despierto un ser cachondo, crítico, un ser-acompañante un ser en pos de amor y de belleza y orden y poesía.
2-6-1996
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