Carlos López Dzur
Su poesía, sus cuentos y su filosofía

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20 de Julio, 2006


Fray Juan y el reloj orgánico

A capacity to experience many different flavours of unhappiness,
and short-lived joys, too, was adaptative in the ancestral environment.
Anger, fear, sadness, anxiety and other core of emotions played
a distinctive information-theoretic role, enhancing the reproductive success
of our forebears. Thus at least a partial explanation of endemic human misery
today lies in ancient selection pressure and the state of the unreconstructed
vertebrate genome:
H. S. Dahls, M.D., University of McGills, Canada

La religión esotérica no se basa en creencias o los deseos,
sino en una experiencia directa, válida y verificada públicamente
por un grupo de iguales que también ha llevado a cabo el mismo
experimento. Ese experimento es la meditación:
Ken Wilber, Ph.D.

    Rincón por rincón, litoral por litoral, en Santa Cruz de Tenerife y, en particular, en Garachica, se decretó la búsqueda de dos monjes fugitivos. Uno es Fray Juan, libertino, aún joven, nomás de 25 por el cálculo público; huye con él, una monja con edad pollancona. Se han besado sus bocas, con apetito de tusas, concupiscentemente, delante de gentíos. Una lección, eróticamente incorrecta, para quien valora que el cuerpo es un objeto físico, externo y corruptible que, por el deseo y el acecho irrestricto del instinto, naufraga en el pecado.
    «No han debido comerse a besos ni por juego si es que de veras son hombres de Dios», rumoró el poblado.
    «Dios no pone un alma en el cuerpo si somos lodo y corruptibilidad únicamente», corrije él.
    Alma que Dios liga al cuerpo tiene un relojito y el reloj será divino en él: hecho que siempre instruye el Monje al aludir al Reloj Orgánico, receptor del aroma del cerato y las tamarillas.
    «No hay tal reloj», porfiaron.
    Ambos son blasfemos, según la Inquisición y sus tronzudos encapuchados. 
    El vagabundo dijo que el Pecado Original no existe. Fue en la Plaza ante una Iglesia del Siglo XI: había sido la primera queja. Un Obispo escuchó a Fray Villalpando cuando igualara el pecado con alguna ficción mecanicista ya que, con el terminajo se construye la existencia de unas culpas insufribles, atormentadoras, para el género humano por la vía de las generaciones. Sexual y emotivamente. Reflexiona que el pecado no es una enfermedad; no es necesariamente físico. Es un estado inducido por muñidores de miedo.
    La miseria de hoy es la admisión milenaria de ese fatalismo, mecanismo torturante que ofende a la Justicia de Dios. El miedo eterno.
    Dios no es un lobo. Dios es, más bien, un cordero.

    Garachica es el pueblo del monje dizque sabio. Desde hace meses, lo menosprecian por la escena del beso prolongado. Dizque que él se levantó jarioso. Santo de pajares será si no controla sus instintos; incentivos a sus motivaciones terrenales y pecados blasfemos. A la mozuela Catalina de Jesús, ya la tiene preñada. Su padre, un mercader, viudo y fornicario, la mandó al convento y echaba lumbres cuando supo que se fue del Convento.
    «Que el Tribunal de la Inquisición los aprehenda; o lo hago yo. Mataré a ambos porque mi honra está por los suelos».
    Un letrero desencadenó la ira persecutoria: Se busca a: Un autoproclamado relojero de Dios, relojero de almas, dizque sabio y a niña, zoquetona del zoquetero, aprendiz de sus doctrinas.
    Ella dejó una casa rica. Es hija única de un mercader de ollas, con palancas en palacio. Se alega que, por vagabundo, su marido adquirió sus talentos impredecibles. Puede hacer actos de faquirismo y fascinar las cobras que tan quietas parecen en un cesto de paja. Invoca ciertas fórmulas, cura. Da explicaciones extrañas. Acaricia a niños y ancianos. Está lleno de opiniones y parece franco o desvergonzado con lengua vipirina.
   A muchos sacerdotes de toda España, de Tenerife a las Baleares, de Catalunya al Camino de Santiago, los encona. Es un provocador. Hay pues el que lo sigue y lo proteje; pero otros, más conservadores y austeros, lo acusan de abuso de confianza, escandalizar y predicar con hechizos elaborados con sustancias espiritosas, cuya fórmula es enviada directamente por el mismísimo Satán el Diablo.
   
Sea como sea, Juan Villalpando, que es su verdadero nombre, no roba a nadie. No cobra. Sólo que, en Santa Cruz, se dice: No es lo mismo predicar que dar trigo y la Inquisición quiere desollarlo vivo, porque él ha dicho que, como institución, son los inquisidores quienes estorban al que da lo mejor de sí mismo (al menos, trato afectuoso, compasivo, dicha contagiosa, alegría de vivir) y Juan, relojero de Dios, devela un secreto que aprendió por la vía de la meditacion. O el éxtasis.
Predica a las rositas silvestres, cuyas vidas se marchitan en apocamiento y apatía. A las personas les llama florecitas, o escaramujos, agua de rocas o sauces llorosos.    

Cada criatura humana tiene un reloj interno, obsequio divino para que los ciclos de vigilia y de sueño sean compensados con los beneficios de la serenidad y el hedonismo verdaderos. Según los doctos / chotas que anotan lo que este presunto milagrero dice en las calles y tertulias callejeras (para acusarlo luego), en el Templo del Espíritu, hay todo un sistema de dopamina mesolímbica, cuyo función primaria es codificar el placer y los incentivos para actuar con el gozo de Dios. La dopamina mesolímbica promueve un sentido de urgencia, conciencia de conflicto y motivación a niveles químicos que, a fin de cuentas, darán alivio y compensación al estado de ánimo. No es una euforia recreativoide y pagana, o autoafirmación egoica y maníaca.
   Es un estado de quietismo. Otros lo han llamado éxtasis.
    A menudo lo que dijera fue malinterpretado: Que Dios mismo lo bautizó con orines para luego rebautizarlo con flores y su Santa Compañera, la vírgen que se come, bautizándolo con sexo, aguas que ella provee en el sacerdocio de Malkut.
   Un día, de paso por la India (así lo cuenta Fray Villalpando) un tigre se abrió paso por mi ruta, en las selvas de Bengala, y sudé con el susto la sustancia que me puso en alerta. (Seguramente, ya maneja la noción de adrenalina, también llamada, siglos después, la epinefrina). El sudor me dio la sensación de calor; mas unos segundos más y mi calor se convirtió en frío intenso, con el olor a orín... Me había meado del susto; pero, poco a poco, mi presión arterial aumentó, había calor en mis venas, color en mi semblante y mi memoria me llevó a la escena consoladora de un santo, lanzado al foso de leones hambrientos, y me sentí muy capaz de repetir la hazaña de José, con los tigres de Bengala ya amansados a mi lado. Donde se encharcó el orín, a flor de tierra, nacieron flores de tamarilla, color rosado. Del árbol que saltó el tigre, semi-oculto en el ramaje, ví el asomo de un ramito de Estrella de Belén y otro de mostaza silvestre, como si con ese mensaje se me hablara sobre la fe y el Arbol de la Vida.
    Y ví que el tigre mascaba las flores de tamarilla, sin tragarlas. Se tendió a mi lado, escondía sus garras y pezuñas. Además  lamía mis pies, todavía orinados. Ya no tenía miedo de que me hiciera daño; sino que mi memoria se llenó de ricos pensamientos, registré detalles en apariencia ocultos y nimios para el conocimiento. Mi claridad mental fue tal que ninguna cosa me pasaba desapercibida; ya no sudaba en frío; sino que una calidez se apoderó de mí. Me puse en control y, según caminaba, mi camino lo siguió el animal, quien buscaba el olor de mis semillas varoniles y de los orines expedidos, porque ya no olía yo a miedo, sino a flores de tamarilla y ceratostigma. Olía a Dios en rescate, a Dios codificándome su multiforme sabiduría.
    Fue en los días en que conocí a mi hermosa compañera, Catalina, que acabé de entender la revelación que se me dio en la India. De regreso a Hispania, entré al primer Convento que hallé para que se me bendijera con una que otra obra de caridad, sea alimento o el nuevo hábito de tela... Estuve menesteroso y ella, novicia en la vida de Dios, me condujo al baño, antes observando que mi raído hábito olía a flores de tamarillas y ceratos. Supongo que, o su olfato era muy fino, o no me quería ofender al acusar la soberana meada que me dí por un causa de un tigraso.

    Mas insistió: «Huele muy rico. Huele a bendiciones».
    «¿Sabe, rosita silvestre? Si algo oliese intenso y ofensivo en mí, ¿no sería más prudente que me dijera, si es o no el meado?». Varón sin complejos, dichoso en la miseria de la vida frailuna y caminante, Fray Juan iba justo al grano. «Huele divino», insistió ella. Vuelve la burra al trigo.
   Explicaría el por qué.
    Este secreto es marivilloso e interpersonal. La monja fue confirmadora. Hay un latido que surje del corazón santo. Es más audible que los tañidos del Campanario; pero, sonoramente, un pulsillo no metálico. Late en la carne; cardíacamente, filtra la sangre. Es químico-ontológico.
    Acuñaría el término: «Es el reloj de Dios en la bestia».
    «Me gusta como suena su corazón, Fray Juan».
    Como Fray Villalpando se quedó varios días en el Convento, las monjas escucharon sus razones sobre el  «éxtasis profundo que había experimentado durante una meditación durante la cual acechó un enorme peligro». Contó cómo el animal le siguió, protegiéndole por las selvas y las cercanías de poblados para que no fuese asaltado por ladrones u otras bestias, en particular, las serpentinas y nocturnas.
    «¡Santo Dios», clamaron las monjas.
   Sólo Catalina de Jesús pidió a él los detalles y pormenores sobre el apareamiento de tigre con una hembra que se aproximó para dar una tercera compañía. Era el periodo de su celo y jugaban plácida y preambularmente. Y, siendo un adepto a la herbolaria, el vagabundo había recogido aquellas flores asociadas a su éxtasis, flores de la Estrella de Belén, tamarillas y ceratostigmas. Leyó de alfabetos genómicos y de actos sexuales en Espíritu.
    Lo que Fray Villalpando contaba sabía salpicarlo de convicción y agudas observaciones, sin quitar emoción y drama. Y no ofendía a las mujeres del Convento porque él creyó (y les convenció de esta doctrina) que hay en la naturaleza de la mente humana, una predisposición genético-espiritual al Bien, a la yoidad benevolente, y se puede parangonar, como explica su salud el bien comido, el bienestar y la paz como una retoma dopamínica o estimulación de centros de placer, o ingeniería del Espíritu que es la Estrella de Belén del hipotálamo.
    La experiencia en el tálamo, con el erotismo de la bestia, hizo que se le hincharan los cojones de excitación al joven vagabundo. Sintió una empatía por la pareja felina que se amaba y pensaba que sería muy conveniente que él hallara él una mujer que le quitara el celibato y el compromiso casto, porque ha crecido mucha semilla lícua en su fardo de escrotos. La testosterona es responsable de esta producción y es mejor casarse / darse a otro que «estarse quemando» en las urgencias de su propia esperma y gametogamias.
    Y para sublimar ese encuentro del Tigre con Cerato y la tigresa eufórica, él se serotonizaba, con hormonas sedantes y antidepresivas, y Catalina, oxitocinándose, hizo lo mismo que él, acalorarse. Mas ella se halló con el cuello uterino distendido e intravulvarmente humedecida. El monjecillo, por bellaquería, no dejaba de pensar en las afectividades de un tigre con su hembra; le circulaba la esperma por los güevos.
     «Y ésto es como volver a mearse».
     En fin, en el concierto de multitudes, con deberes éticos, se contuvo por cuanto «no se hará en el monte, lo que no es costumbre que se haga en público y ante otros entes que son sagrados».
   «Juan, antes que nos contara en la cena en el Convento sobre cómo se apareó la pareja de felinos en su presencia y cómo quedaron exhaustos y jadeantes por la energía que se entregan durante el acto, yo lo supe. Es el olor de selva que tiene usted, sin saberlo; es el ruido de su corazón que jadea con el gozo que el reloj de Dios imparte, a cada cual según su pasión y sus semillas».
     «Para llevar este mensaje a los pueblos de la Hispania, aún a tierras del Islam, me agradaría llevarte... El Reloj de Dios me levanta temprano y la cruz de mi Pene atenuarse pide con labios de mujer y, desde que te ví, me atraes para el propósito... Bautízame en tus aguas vaginales y mascaré tamarillas sobre tus senos para que la experiencia del tálamo sea nuestra bendición hasta el fin de nuestros días».
    «Acepto, hermano mío. Váyamonos mañana y que sea por tí que se me conozca. Te amo».
    Y, los dos quietistas, cuya única penitencia fue amarse, enseñaban sobre la aniquilación del pecado por el olvido de sus culpas inexistentes.
    Aún así, fueron llevados a la hoguera.
    Varios siglos después Inocencio XII condenó la aparición de alusiones a lo que enseñara el monje de Garachica y el garañoso amor con que se engarañaba.

 
3-9-1991, UCI.

Del libro inédito Leyendas históricas y cuentos coloraos, de Carlos López Dzur

http://www.outskirtspress.com/cgi/webpage.cgi?ISBN=1598003135

El corazón del monstruo (45 cuentos) / Información

Publicado por elzorro2 el 20 de Julio, 2006, 23:48 | Referencias (0)

Para meditar el ser

Para aquellos que meditan sobre el ser,
que lo escuchan con la intensa sed
del ser-acompañante
ser-acompañante
y el hambre de encuentros con la biología,
diré... que existo...
y soy en un pensar determinado.


Medito al ser siéndolo, según lo soy,
y a veces hallándoles a ustedes
en este soluto que persiste,
a pesar de todo,
y que nos lleva a perseguirnos,
a estar juntos
en algún punto del soñar,
en algún espacio del vivir.

La poesía me permite andar despierto
y enamorarme de todo lo que es bello.
La mujer maravillosa está en algún resquicio
de la andanza con misterios llenos de piel,
con belleza llena de cantos.

En todas sus edades ellas afloran
como luz del alba;
se escapan y se diluyen
como plenilunios en los abismos
del amanecer.
Siempre bellas se van
y siempre bellas vuelven.

Todo lo bello me gusta,
¡ellas, sobre todo!
sus pezones, que son ubres de Nut
sobre el círculo del cielo,
sus nalgas redondas
que los tersos firmamentos fincan
para gozo de la varonía,
ctónica y telúrica.

Con lindas piernas,
como las niñas tienen, los pasos
pueden ser abundantes como edades
de sol o de penumbra;
los juegos son infinitos, las fases únicas,
las distancias breves, sorpresivas, novedosas.
Y se anhela caminar, deambular el alma
como si todo fuese infinito y color de rosa.

De la mollera al calcañar, sólo se aprende
dicha, error sin desconsuelo,
herida que no sangra,
machuconcillos cósmicos,
asombro crediticio.

¿Y qué tal la voz
cuando el río de las sílabas se abre
entre peñascos su camino refrescante
y en las ortigas del habla y del oír
se cede al cauce, se sumerge todo?

¡Qué bello a la postre nos resulta
la plena comunicación, la sincera fruta
de un conocimiento, la dulce cosecha
del que dice te quiero,
me gustas,
qué buena onda,
qué padre, ay, maravilla,
qué bellos los que anhelan,
los que dilucidan,
los que enuncian el porvenir,
los que preguntan con sabiduría,
los que aprueban con sensatez
y los que obsequian,
con solícita cautela,
sin rigor, sin mentira, sin egoica pasión
de truhanes ni vulgar ventajismo...

¡Qué bellos, me gustan, los quiero,
los bendigo, les festejo, les hablo
con mi canto, humildemente orgulloso
para que no me olviden
y me quieran más!
¡Les necesito!

Y bueno es que estés ahí, meditador del ser,
venciendo la sorda mudez de los ecos.
Que te invites, convocado
a la palabra amorosa,
que traigas tu agasajo de frases
parecidas a las mías, pero con ese toque
que sólo tienes tú, con ese aroma
que sólo tú transpiras desde el fondo mismo
de tu casa biológica, tu viaje
desde el asomo amiótico al ego individuante,
tan bélico por su ruido, simulacrado,
perspicuante, tan transido en sombra
y muerte y angustia y agonía.

¡Pero no estés triste, meditador del ser,
yo amo a los que hablan
hasta en el modo del habla del silencio!

A veces me sorprendo
con el aún inagotable todavía-señero
poder-del-ser -romántico,
a pesar de todo y con su frívola fantasmagoría...
romántico (porque tiene mal eco decirlo)
por ponerse una etiqueta de pureza,
sin sustancia,
de espiritualidad en tanganillas,
como estila el zángano en la mufla
de la nada, sin justificar el soñar en apetito
y ansia y coraje y pasión,
sin atreverse a sustanciar al ego
y reclamar a esa mujer amada
que bendice, en libertad, sus besos,
sus coitos, sus entregas, sus orgasmos
y sin amasarse con su trigo
siendo parte de su pan
y suerte de su destino,
su porvenir y su soluto).

Yo sí soy romántico
(no me muerdo los labios al decirlo
ni me tiemblan las piernas
ni visto de santurrón en ascuas
al proclamar lo que dicen los falsos románticos
de esquina, por fornicarios y atorrantes.

A la libertad la forjo con vida,
el amor me lo como con calma,
y soy pan que come pan;
soy la risa
y el contento del romanticismo,
no la suicida jornada del desalentado,
no el escudo de cupidines de feria
en el monte, o la plaza, o el casino.

Amo porque quiero liberar.
Amo porque protejo
y ensancho mi horizonte,
mi placer, mi dicha.

¡Soy el caballero del individualismo
hecho de pan y mujer, de niños y de juegos,
de pasión en los cielos y en la tierra!

¡Viva la vida de los hombres auténticos
del mundo, muérase la tirria y sus miserias!
La soledad no me aterra,
yo no creo que haya soledad ad infinitum;
mas sí, hay fracasos y desilusiones,
pero nunca se es romántico sin haber
vivido el ser en desesperación
y nunca se es romántico, sin una mujer
a la diestra que te diga:
¡Hombre, despierta,
canta, glorifícate en mí,
vibra en el cosmos,
que te doy el OM de la alegría
y cada vibración del esquema sonoro
de las aguas y de la solidez del quark
en la física del quanta y sus soles!

¡Qué bello es el placer aunque sea breve!
Ah sí, pero su belleza es eterna y nos compensa
y la Naturaleza da dos lamparones, los ojos
para que veas sus cuerpos,
nariz que magnifica
su aroma, manos que descarnan la caricia
para dar células complementarias de infinito...

Y la mujer nos desnuda.
¡Es lo maravilloso!
Que su desnudez nos intime
con tan intenso trámite de esencias,
que devuelva la progenie del topós uranus,
en la juventud de la alborada,
que nos haga sudar
la gota gorda por una jerarquía
en los deleites del ser-ahí-sobre-su-reino...

Me transubstancio porque me necesita.
Me vinculo a una diosa de bellos vellos púbicos.
Me arropo con dos senos,
me froto a sus dos nalgas
que son mi fantasía
y ella me reemplaza
con dulzura que gime,
con pasión que es la fiera del origen,
el alfa y la omega, el latido del corazón
que vibra en la molécula,
que vincula a las lunas,
a mares, a víboras, a bisontes,
a las Cuevas de Altamira, a glaciares
con azul de femenina transparencia,
siglo a siglo, milenio tras milenio...

Hay una dicha inefable en ser protagonista
de placer y belleza, de asombro y de pasión,
de alegría comunicante, de fiereza satisfecha.

Es virtud roer
de tales huesos y glorificarse
y lamer de esta experiencia,
oficiar en tales templos
al litar sobre la colcha
ofrenda de ninfa,
de mujer, de lingam-yoni
en vez de sobre piedra dura de rutina.

2. La salud

Para ustedes que meditan el ser
y me comprenden
y sospechan cuanto me obsede el erotismo,
la mitopoesía, les comunico:
Cobijad, como yo, el canto,
abrid sus ojos a carteles, a fotografías,
a las piezas escultóricas de griegos y neoclásicos,
a las niñas que pasan, a las chicas del campo,
mirad a las flores que están
en carne y hueso floridas
como arboledas y pradejones.
Amad a esa mujer que está en la casa
y todo lo que mencione sus símbolos, sus mitos,
su padecer y su alegría,
su necesidad y su capricho.
Todo es el saldo en la tierra de Don Nadie,
de las que han sido luz en lo oscuro,
lo bello a la mano! ¡la salud existe!
y presenciarla en la piel, ajena o nuestra,
es dar ojos a los huesos
para que la sirvan desde adentro,
la gocen desde el tuétano y su calcio.

Vitalizada la sangre marchita
es resurtir las aguas en los sumideros;
es bendecir a las hormonas
(que son nichos de vírgenes y ninfas
y golfiñas, o gopis,
o doncellas tribales de las ansias,
las brujas preclaras de la seidad
y el misterio biótico de la verdad entitativa).

Meditador del ser,
salud es dar belleza a lo posible
y hacerlo es lo más supremamente grato,
conclusivo, compensante, ideal,
el poetizar que festeja su tesoro,
el placer que perpetúa su orgasmo.

¡Qué bella es la salud
de las mujeres y los hombres,
de los niños y los recién nacidos!
¡Qué bella es la hoja verde
por plena clorofila
y la sustancia más roja de los pétalos,
más que bella,
y la transparencia más blanca de las rosas,
los claveles y las margaritas,
un gozo es, esperado beso!

Azul que sea la inmensidad,
azul de crisantemos, azul de océano,
azul la belleza acumulada
del que en el ser medita
y lo halla y lo ofrece
y lo declara por amor.

Yo soy un hombre azul,
romántico sin tristeza de todos los días.
Trago el alcoiris desde la jolla subterránea
de mis ojos que se avolcanan en pos de su ilusión
trayéndola a la mirada fija,
a ojos clavados en mujer, en cumbres,
en sueños más duraderos que el hueso y su progenie.
Que el mundo degradado y sus mundanidades
post-históricas, publicitarias, indecentes...

¡Que se valga mirar como a las nalgas
de las niñas montareces y puras,
como a los senos túrgidos y a las bocas vírgenes,
a lo bello de ese abrirse en esperanzas,
a lo prometedor de esa liberación en ciernes,
a lo necesario de ese restañido de ternura!
porque como sámagos abiertos y brotados
del occiso en el rincón más criminal del ghetto,
brota siempre la posibilidad de lo más noble,
lo oculto, sanador, lo insolícito
que la psiquis estructura,
por amor a lo bello,
por mandato del Eros,
no en azar, sino en olvido.

La esperanza empuja la tapa
del vil caos, primitivo, olvidado
y por artificio de amor, hay cosecha
y se da color de pájaro a los cielos
y voz de truenos a las cumbres.

3. Dolor de parto

¡Qué bello es el dolor de parto,
sus continuidades de fruto,
sus fases intermedias que dan color
a lo gris, a lo incompleto,
sintáxis de futuro y genética
a partir de una raíz
infinitamente interconexa,
programada en libertad
para los cambios!

¡Qué bello el peregrinaje secuencial
y su finalidad cimera: la belleza es triunfo,
fruta madura y en boca saboreada
es del que come y comparte y bendice!
Casi todo dolor es social, innecesario.

Casi toda angustia es culpa, insuficiencia.
... pero ustedes que meditan sobre el ser
y han sido buscadores, testigos, héroes
dentro de este despliegue tan duro de potencias,
¡sed pacientes, yo lo soy
y me duelo a veces hasta ese coño
del ¡ya no más ! derramo bilis...
tendrán que haber descubierto como yo,
asidos al dolor de crecimiento todavía:
la larva no es destino,
en todo hay metamorfosis,
el viaje no cesa.

El dolor se deja atrás en favor del poema
que se derrama en la vagina de lo hermoso.
No hay tristeza que permanezca en lo oscuro
sin fluirse al útero de gracia,
a la desnudez vamos, echamos el ropaje
de tirria y de tedio, pies abajo,
nos pegamos a ese cuerpo que hay que lamer
como sol sátiro, caliente de vibra y escozores,
hasta que ceda todo límite
de prohibición y cuita.

¿Que ella correrá como patas de cabras,
que se esconderá de la voz que la llama?
¡Mentira de la Maya, la voz de lo bello
es invencible, su raíz ardiente,
su compensación segura y exquisita!

La mujer es redención en sentimiento
y subirá a la hamaca del deseo
como si la llamara el aire de los bríos
y ¿quién hay que pueda nadar contra corriente
cuando la mece, con ternura,
el deliquio más gentil de la carne,
su espíritu que da voces, compañía,
otredad de universos plenos y armoniosos?

Meditador del ser, flauta en boca,
con mi canto paso los besos del futuro,
doy el abrazo de esta mañana,
en la tibieza de esta noche
en la cueva de los sátiros.
A pesar de la rémora que detiene mi voz
y de las tinieblas que cercan el diálogo,
ahí anda despierto
un ser cachondo, crítico,
un ser-acompañante
un ser en pos de amor
y de belleza
y orden
y poesía.

2-6-96


Publicado en La Tertulia de Mizar
(Número: 827, 4 de Diciembre de 2000)

Publicado por elzorro2 el 20 de Julio, 2006, 23:07 | Referencias (0)

Memoria del ultraje de Floris


     ¿Qué maldad hay si digo que soy una flor, cualquiera sea? ¡Una angiosperma! ¿Unos rosales? ¿Unas sinandras o un mirto? ¿Qué orden me hará menos si mi piel es un coro de pétalos o una voz con la ausencia de oyentes porque estoy en los rubiales, casi desconocida, o en una charca de asechos como las lilifloras?
    ¡En el ovario, tengo aromas y siempre busco el sol y sus manos acariciadoras! Y danzo porque mi sueño es dicotiledóneo y quiero dividirme y bendecir las penumbras y escuchar su abrazo, desde algún movimiento de sol o geotropismo...
    El recuerdo es doloroso. Grito brutal. Duele en mi memoria y nadie quiere que recuerde y cunda mi pánico y sea vergüenza y acusación para todos aquellos que dijeron: Bájate los carpelos. Posa en este cartel de la agresión. Házte objeto quieto, mustio, clavada en la maceta, pieza de mis maquinarias, cómplice de los mercados, hija del tráfico de carnes y vidas...
    Lamento con terror y se desoye mi historia con el androceo y la frase procaz con que dijera, con voz zigomorfa: Ha llegado tu hora. cuando entonces tuve yo mi estigma sin manchas y quedé, sin desearlo, llena de manchas y estigmas!
    Entre las angiospermas, Floris Virginal fue mi nombre. ¿Qué pude haber sido yo en la garulla de esa multitud de la llovizna que nos cubre; qué pude ser yo (si no algo inocuo, indefensa estrella de una espora) de cara al sol que fue testigo cuando abrí mis vasos, sedienta de ramas, y recibí el agua pura y un rayo luminoso? Quise que alguien bendijera mis cimientos y, por tal razón, junté mis manos y fabriqué un recipiente. Cobijaría un espacio y su semilla, hilaría un nexo con la viveza de las bendiciones: quería servir a lo que es una mirada, una manifestada plenitud de lo posible. ¡Quise ser nido y alimentar a polluelos!
    No soy sustancia etérea, heraclitiana; yo soy el vaso, el recipiente femenino, la realidad, no la pirueta vaga de lo vivo; el esplendor de los colores soy, las suaves urgencias que claman por el barro, la apofánsis del ser que late en humedades y clama por su amparo y ser amparo. Y de las azancas escondidas broté, olorosamente, y con un deseo de empujar los colores de tez blanca, amarilla o negra, quise ser humana y tener el talle alto de mi mujerío y el bohordo espigado, con terminales de pétalos y labios por una boca con rojo vivo. ¡Eso aún soy y he querido serlo! y no lo han agradecido quienes gritan cuando yo callo, o comienzo a llorar, o no junto las fuerzas, para desafiar a esas manos inmensas, rudas, sangrientas, que pegan en mi rostro y me deshojan.
    ¡Me queda la sed de ser! ¡Ser para otros! ¡Y mi llanto es frágil y duro es mi dolor! Tengo manchas y estigmas y mi pasado delata demasiado ultraje a mi derredor. Se deshoja mi belleza si ninguno cuida de mí dulcemente... ni riega este pequeño espacio donde estoy y se anhela una alborada mejor desde el huincul terregoso donde me han clavado, a contra gusto. Yo me dispersaría por voluntad del viento lejos de los androceos.
    No sé si vendrá alguno, entre quienes aún no he conocido a querer lo que soy y, si entre quienes conozco, se ofrendar un amor arrepentido, menos torvo o violento.
   Aquí, lejos del vergel, a la Venus de Calipigia, con sus nalgas y pechos de piedra, adefesios de porcelanas, se las pondera más que a mi raíz que tiene carne viva y presencia de grana. ¡Pero también este llanto profundo! ¿Hay alguno que vea en mí a la flor, la ninfa casta que anhelara ser, siendo en cada instante, y que metida en tiesto y calabacín de esclavitud terminara?
     El Androceo, vestido de jabarda y duro ipil, marcó su sombra y mis pétalos temblaron. ¡Tiemblan todavía! Su estambre, como daga, se exhibiría ante mí. Un fullero desnudo de panículas, averrugado, con el color del ausubo y ¡qué voz y aliento de mala espina! ¡Qué piel de brácteas al quitarse la capa y mostrar las anteras, qué azoofílico mirar que no imaginará al amor, ni naciendo mil veces, pujado por la tierra! Si no mira lo que soy, si no entiende lo que fui, ¡maldita sea su enorme polla y el polen amargo de su brutalidad! No lo voy a querer. No lo querré a mi lado.
     Vestía, acarpelada. Me cubrí con orugos y malezas. Camuflaje más protector me dieron las bestias de los montes. Y aún los pájaros y los telares de una araña. Mi rubia tez, como azucena de los campos, amaneció y yo con más terror que toda cosa viva y, ante el espejo de la luz solar, que dio mi fotosíntesis, aún habría agradecido que se me ocultara de la brisa y la naciente mañana...
     Como hembra, al fin, a solas conocí mi pistilo y supe que mis ovarios carpeludos olerán a fleromas con los días y sus ciclos de caducidad y abundancia.Y que las gotas de rocío me delatarán al amanecer, quizás un poco menos que las guajanas livianas, alborotadoras en la selva tropicalosa donde vivo. Hasta ese entonces, ningún estambre, por más que lo pidiera, en hambre de echarse sobre el tálamo y chupar mi receptáculo en la noche, pudo lo que quiso, aunque yo hasta el sépalo quisiera. Espera un poco más, dije porque, sépanlo: virgen soy hasta el cáliz de mis lamentos, y el sol si me besa las mejillas, me entretiene y los verticilos de mi inocencia se glorían. Es tan bello vivir para los soles.
     Casta para el sol sería hasta el periantío. ¡Y qué poco sol, qué poca madre, el que hurtara a la luna vino y me sujetó con su fuerza, como ladrón en la noche! ¡Y quema mucho, falsa radiancia con falso sol en grumos de golpes bajos y violencia! ¿Por qué ojetes, saltando entre otras hojas, se avalanzó sobre tersuras que, aún no son llamadas a la oxitocina? Se atravesó como mutilador, daga en mano. Citó la tocineta y se dio banquete ¡ay! conmigo. Los androceos como lilifloras y se jactan. ¡Cobardes!
    Avanzó como flor de la maravilla, lobo vestido de cordero y autosuficiencia. ¡Atracador, injusto! Todo lo que antojé le dije. Su iridáceo ornato no le dio derecho a brincar sobre mis pétalos. Cruel simiente, ¿quién le dio consentimiento? Se equivocó como oreja hongosa, sordo a mis súplicas. Se pegó, con su rugosa madrépora y chinga madre. ¡Me has ofendido! Que se vaya, entonces, con su troncosa estirpe hasta guayabo y se divierta, pero no conmigo y malhaya sea la pútrida pepa que lo germinó.
    ¡Por eso, pues ni lo quise ni lo quiero!
    ¡Quítate el carpelo!,
ordenó como si fácil me gustara echar mis pantaletas a rodar al viento, o mecerme en las valvas de su verde ramaje. Ni entre colmeneros escuché tal maña autoritaria, ese dar en la flor como en cueros de tambores, golpear, seducirme, ultrajarme.
      ¿Qué cuesta respetar mi primavera? ¿Vive él como gandaya, a floralis ludi?
    Calla, malandro, helecho con cara de poliandro, que soy doncella de la corola al periantío, porfié.  El contestó:
     ¡Cuatro pólenes me importa, cuatro flautas!
    
Se agarró el estambre como quien empuña su bayoneta calada en la oscura senda del deseo y escupió su manotazo pegajoso hasta salpicar mis pétalos.
     No te escaparás, coralita.
     Para entregar sus anteras, a palos de cundango, él me cosquilleó el tallo. Echaría mi falda abajo. A causa de sus juegos de lúbricas truhanerías y movimientos, me ví levitada y a su alcance.
    ¿Qué pude hacer si fijada a raíz estuve y el céfiro se escondió en una nube y por el vuelo doliente del ramaje, me ví tan indefensa y vulnerable. Hasta para la rudas manos del jardinero, me traicionaba en la soledad de la encerrona y su esquinazo en la penumbra.
      A veces, a una flor, el vendaval, su ventolera, la revuelca y erosiona, desde adentro con minas de luna, y perdonas. Un escuadrón obrero de abispillas es mucho más que la energía que guardas. Así sucedió. Una abejota gorda y muy maníaca, se armó de su aguijón a cierta altura de mi penacho. Y me llenó de miedo. Hasta mí bajó un gusano hosco y chupó un sorbo de mi alma y lanzó una granada desde el aire. Todavía no comprendo... ¡Ay, el picorcillo que dejan sus mordidas, ¡ay! son granujadas de lujuria, pero digo yo, viva sea la misericordia: ¡cómo se chupa la dulzura de mis hojas, pero yo soy una rosa ¡y no se respetaron mis besos!
     Con traición, el androceo, aprovechador de soledades inoportunas, no escuchó que pedí su piedad. ¿A quién diré pues: espera? Falomafiosos me entregaron al tugurio y comedero. Se comportaron como una subclase de mogrollos. ¡Cuando una abeja te enciende la jalea y te deja apendejada en el orgasmo, cuídate, floris virginal, otro peor vendrá a alimentarse de tus loquios, al amparo de tramas seductivas.
     Mi burlador observaría al pájaro que vuela y a la abeja que chupa. Por eso serán oídas como ¡palabras cochambrosas, más burdamente aprendidas de carracas, gestos imitados de otros bichos cantarines, tardíos zumbidos en colmenas, que te echan al oído!
     Cuando brincó a mis sépalos ya él sabía cómo quitarme los carpelos, sin más consentimiento que mi llanto y cómo hundir sus dientes donde más comezón el aguijón nos deja. Se frotaba a mi corola para comunicar su bestia pentacíclica y llegarme a la vena del deseo.
     Su lengua fue convicente, no porque lo que dijo, no... ¡por lo que engendra en mi tubo estiloidal, por escozores que impuso a los mórbidos intersticios vegetales! ¡Qué aberrantes estímulos, qué vergüenza colada, donde ya sólo queda por opción derrarmarse!
     El androceo se meció geotrópicamente, encimado donde no fue llamado y, para sorpresa mía, no quedé satisfecha, con el ritmo estambrizado! Despatarrada para él, ¿qué cuentan mis lágrimas verduzcas, o de qué vale maldecir el gineceo, o querer venas abiertas para que salga leche blanca de los tallos? Ya, con granizos despojados del estambre, o con anteros quebrados en los saltos del polen, que caiga lo demás sobre ese tálamo, que descosa el pico mi agujero y el cáliz de la ira ofrezca señal de Gran Tribulación. Que venga el Cristo Verga entre las flores... ¡ay, la carga masculina de vida fecundante, ay, babosas estrellas del ovario, ay, el ojo sorprendido, ante gérmenes futuros de llanto! ¡Ay, del último ay, la Gran Tijera del Jardinero humano, ay tribu, mi ovación!
     Me cuento entre las flores caídas y burladas. Un jardinero trajo las pinzas, tijeras de afilada certidumbre. Me observó inmensamente frío, perdida, aún joven y abandonada. Y con gozo homicida, al saberme abierta y seducida, como patas de lagarto bocarriba, me lavó no por piedad. La cochambre del canijo fue evidencia. Esta es puta también, se abre, se derrama, así pensaría. Como dios que trafica con culantro y forja yerbabuena con la ruda y, cuando hierve el llantén y siega el anamú, me vendería.
     El androceo se quedó allí, viéndolo todo, borrachito de amor por causa de mi tala. Si me vio, no me conoce. Que me lleven a la múcara, a la muerte, a los herbarios. Habrá otra flor, sobre la cual saltar como una rana, cuando se reponga de haber seducido mi dulce y núbil silueta de azucena.
      ¡Mírame, androceo, arrebol en cada pétalo, vibrátil cada miguita de célula, mírame en deshonra de plenitud, putalizada para el corte final del que te imita! Soy un cacalote de tenues tejidos, harapito hecho lisonja del diseño de siglos, Ceres que suelta el mirlo para hablar de la vida hecha jazmín y rosa y gardenia e hibisco rojo: lindas flores para el placer humano.
    La mano que me arranca de la tierra es otra bruta mano. Y tiene su tiesto en la esquina. Durante días cacrecos de ventana, en la casa de las cosas y las gentes, yo seré un adorno, objeto en calobiótica regularidad de porcelana. Seré lo único verde, vivo, oloroso y sencillo, como la puerca caída del polen, o las feces negruzcas de los pajaritos.
     Me marchitaré a solas. Ya no soy niña. A los capullos, los devas, húmedos y oscuros diablillos del rocío, los protegen.  ¿Y a mí?
      ¿Quién?... ¿quién cuando más bella soy para el que espía?
     Por el contrario, a la luz de ojos ciegos, indiferentes y mezquinos, me sacaron... y, en despedida del jardín que me cuidara, el androceo, tú, maldito, me quitaste las querencias de mis ramas...
    ¡Estoy triste, violada de vida, como puta en su maceta de frazadas, cazada a tijerazos para enormes palacios! Te recuerdo, androceo, y me das pena y siento odio. Me díste el primer tijerazo, sin tijera. Entre los míos me humillaste. Te saludo. Escupo mi despedida con pánico...
    ¡Ojalá te seques o seas pisado como orujo y henazgo!
Te recuerdo, androceo, y me das pena y siento odio. Me díste el primer tijerazo, sin tijera. Entre los míos me humillaste. Te saludo. Escupo mi despedida con pánico...
    ¡Ojalá te seques o seas pisado como orujo y henazgo!

    Pero yo fui casta y silvestre hasta el periantío.
    Hoy, a una lluvia de horas, desflorezco.

Miami, Florida: 13-5-1987


Publicado Domingo, Noviembre 7, 2004 en Opine
http://www.astrolabio.net/opine/publicaciones/109983399470201.html

Publicado por elzorro2 el 20 de Julio, 2006, 22:34 | Referencias (0)

El último adiós


 a la Dra. Marcianita Echeandía Font (1895-1968)

Last Monday, Doña Marcianita stumbled and fell down some steps at UPR… She was buried at San Sebastián, the town where she had once come by a sizable inheritance which she reportly declined, choosing instead to live at San Juan, in the center of the struggle for the ‘cause’, which was her other self:..

Fighting spirits like her own, which did honor to her warlike name, are too little with us (on all sides of the political fence) in a Puerto Rico corroded with complacency and materialism:  Dimas Planas, The World of Dona Marcianita (The San Juan Star, Friday, February 2, 1968)

    Para que Marcianita Echeandía viera y comprendiera la agonía, en su sentido más dramático y profundo, contemplo su otro Ser, el colectivo, el patrio; para que completara el análisis que ocupó toda su vida, hasta su muerte en 1968, se rodeó con perros y gatos pulgosos. Comió mal como ellos. También se adhirió a las protestas callejeras; sudó y se quemó con el sol en las vigilias, los piquetes y manifestaciones.

She was standard audience at concerts and lectures and at legislative hearings which might affect her ‘cause’… Doña Marcianita is an ambulant ralley. Wherever she goes, The Cause finds itself an excellent mouthpiece. She reads everything and is up on everything… More than likely, Doña Marcianita accompanied the anti-mines, pro independence students out to Utuado to post bills and distrubute propaganda, attacking the proposed mining explotation…

    Estos seres miserables, par de perros que la escudan de perseguidores infames, par de gatos, sus felinos del alma, como su sombra, fueron fieles. La protegieron. La pasearon por las afueras de la Ciudad Universitaria. La presentaron, como un animalito más que olisquearía a las frutas desechadas en la Plaza del Mercado de Río Piedras; aprendió a hurgar entre desperdicios, a tomar una fruta para hoy; otra para la otra mañana.
    Marcianita no se avorazó por nada material. En casi un decenio, no ha pedido un vaso de agua a los suyos. Si algo, al humillarse, pidió fue el amor de su padre quien, por linda y distinta, la adoraba.
 
    «No me volvió a adorar otra vez», dijo.
    Otros ladraron a ladrones y, los menos, fueron opresores de su libertad.
    Marcianita llegaba, siempre a pie, hasta la fonda de «El Obrero», donde Perico el Gordo, compadeciéndola por saber quién fue ella, hoy una farmacéutica ambulante, sin abrigo y sin establecimiento (en otrora época, profesora en universidades de New York), le tomó algún cariño y subía el tono de su voz, con la exigencia:
    «Tráigase mingalo para Marcianita» y, no sólo para ella.
    A dos perros, sus guardianes piadosos, también hay que alimentarlos.
    Siempre presta a dar algún servicio, preguntaba:
    «¿Algo que pueda hacer por tí, amigo mío?»
    A veces se tendría que pedir, como pide el limosnero, por caridad. Sufrió hasta el máximo para evitar mendigar de esa manera.
    Por sufrir con las agruras, Perico se dejaba recetar por Marcianita.
    «Apunta. Esto lo tienes que comprar», y comenzaba a dictar lo necesario.
 «Gracias, doctora».
    Las sobrajas de la cocina de El Obrero hoy serán, como otros días, banquete para una mujer tan especial. Sobre todo, agradecida, Marcianita lo mejor de sí lo da. Lo viene dando.
     No se pega como lapa para nada que no sea trascendental. Comer no es una de esas tareas que le quita el sueño. Sabe que ya es vieja. Tiende a ser parca y modesta. Anda en fachas, hoy fea, indigente, están sucios sus vestidos, pero no su alma. Ya le gustaría morirse; pero no dando pena. Por eso estudia Leyes y persiste, viviendo...
    Quien prohíbe que haga sombra en Pepino sus razones tendrá. Sí, temen que se acerque y participe de la riqueza de su padre, pero, ella no se va. Algo es su Ser, que no lo censura ninguno.
   «Algo soy... más que la pobre vieja que ven», se repite. Lo ensaya en medio del frío y su colchoneta de periódicos viejos.
   «No estoy tan loca», ha llorado a solas al lado de algún gato que le presta los ojos.
Han advertido a Marcianita que robarán su herencia. Lo que su padre quiso que ella tuviera, como recuerdo, no será suyo. No espere que le ofrezcan un vaso de agua.
    Ella responde: «Muchas cosas valen más que el dinero. Un poco del amor de todos ellos, los Echeandia, me sustentarían más. ¿Es mucho que lo pida?»
    Fue sabia hasta para administrar este amor que duele. Está agotada, pero sigue luchando.
    Encarna el espíritu de la Academia, la universidad, el ateneo. Sabia es. Su presencia no falta en favor de movimientos sociales solidarios; se dio a la tarea de romper la Torre de Marfil, cuya misión intelectual  ha sido apañada. Ella es éso: lo que reorganiza, libera. Todo y más, empero, encarnado en un espectro de harapos.
     Las hojas de periódico con los que ella muellea su camastro son fieles. O dan su usanza de frazada. Con una caja de cartón, doblada en dos pedazos, Marcianita formó su colchoneta. Dormirá sobre el piso.
    Un pasillo del edificio de Ciencias Naturales, dentro del campus de la UPR, viene siendo su habitáculo. Lo material de su entorno más fiel ha sido que otros seres que se llaman espíritus, entes de razón y sentimientos, pero no le dan apoyo ni cariño. Ahora a su familia, a la que ama, la define. La designa y la llama Patria, la Causa Nacional, el Ser-social, mitad de su alma.
   A la edad que Marcianita tiene, no deja de estudiar. Asiste a la Facultad de Leyes.  Sabia es. Fue sabia.
    «¿Qué necesidad hay para que estudie a su edad, señora mía? Si sabe que se le negará la oportunidad de enseñar, a usted que sabe tanto, ¿por qué persiste?», le preguntan.
     Bajará una escalinata.
    «¿Qué necesidad?»
    «Toda la necesidad; el proceso del saber es inagotable»..
    Económicamente, explica ella, puede que se destruya a los individuos más fácilmente que a las sociedades. El dinero alimenta a sociedades. O separa o cohesiona... «y si comes mal, te mueres paulatinamente; pero, sin el estudio que es otro alimento nutriente, tardas menos en morirte. La economía del corazón requiere el libro, estudio crítico, diálogo. Estudio para que, sea más dificil que como persona se me destruya. Y para aprender a sonreír, estudio; y viviré para otros al defender la Causa, que es mayor que yo y mis penurias individuales».
    «¿Quién hay en tu familia que pueda recibirte y no lo hace?»
    «Gente infiel hay mucha; familia, toda la Patria  … A Getulio y Pedro, más pesados que un collar de melones, los enfermó el poder del colonialismo; ya no son míos; no querrán ni mi féretro», ríe; «pero que se estén en paz, ya no voy a durar mucho, ni voy a pedirlas nada… El dinero me ha hecho falta, mas yo no estoy triste por eso. Tristeza me da que me falte trabajo y que se piense, en Puerto Rico, que por llegarse a mi edad, no se sirve para nada… Desde 1947, las agencias de inteligencia, CIA y FBI me prepararon la faena, este destino, el desamparo... y con el 'disruption program'; es que me han herido. Me desarman con guerra sicológica... la Guerra Fría comenzó, para mí,  el día que me anunciaron, como una leprosa con el rostro escarlata, el Miedo Rojo... y que, al regresar a Pepino, se me tema de ese modo duele y oír lo que ha dicho sobre mí Hernán Sagardía, duele... Es una pelicula de odios, The Hollywood Ten... ¿Quién me acusa así? ¿que soy no víctima, sino la victimaria, no la espíada, sino la informante, la chota y camarona? Con la boca de Sagardía lo que dijo duele, porque el apellido me fue fiel y amado, como el recuerdo de Teresa». Son fobias coloniales y espejos paranoicos que patrocina el imperialismo, el tentáculo estrangulador de la Guerra Fría...
    Fieles son los militantes de la FUPI y «yo, más fiel a ellos, mis verdaderos hijos». Aún marchan y gritan contra el imperialismo. Los nacionalistas ya son tan pocos. El estadolibrismo los ha ido matando. O les ha torcido la boca para que blasfemen, mientan, o desinfomen.
     Marcianita colectó unos dolaritos. Ni un centavito será suya. Son para la gasolina de varios fupistas en tareas de propaganda. Habrá que marchar a Utuado. Evitar que el Imperio se quede con las Minas de Cobre y se complete la entrega de este patrimonio sagrado. Esto es más que la herencia que se insinúa que ha de ser suya, si renuncia al izquierdismo. Esto es la dicha.
    «No van a darme nada y es mejor que no lo hagan».
    «¿Qué importará ya, si Getulio ya ha muerto? Y, ahora él, Pedro Antonio, ¿qué fortuna, cree que ofrece? si no me quiso nunca... Me han bloqueado. ¡Pobres de ellos!... se morirán como yo, sólo que les dirán miserables», se consuela Marcianita.
    Ella es la militante más vieja. Una independentista cojonúa. Una de cuatro gatos, como dicen los anexionistas de su pueblo.
    Otro comunista del Pepino, Pablito Rodríguez, ha visto a esta hermana militante y la evalúa: «(Ella) habría podido ser nacionalista-albizuísta; pero vio más lejos, se anticipó, visionariamente, a los juicios hermenéuticos sobre el fenómeno de la lucha de clases y la articulación del colonialismo».
   Con razón dice su familia: «Ella es una mancha para el negocio». El negocio de un apellido prestigioso. Los Echeandía del Pepino la quieren lejos.
    Desde 1917, Puerto Rico es considerado un territorio federal y el Wartime Draft está vigente en 1917, por causa de la Gran Guerra y, en 1941, por causa del ataque japonés a Pearl Harbor.
 «Malditos sean estos años», ha dicho su familia.  Malditas estas guerras durante la cual es su voz la que se escucha cuando grita: ¡Paz, paz y paz!
   «¿A qué vienes?», Marcianita: mujer más peligrosa que una piraña en el bidet.
   Más peligrosa que una mona con pistola.
   Es comunista, subversiva, pacifista, cuando menos conviene. Le lleva la contraria a todo el mundo.
   «Estudió mucho, sí, pero tiene el casco como el del juey. ¡Lleno de mierda!»
    Vieron que la Dra. Marcianita visitó los predios que dejara a causa de su exilio voluntario en Nueva York.

II.

    Había realizado sus primeros estudios de farmacia en la Universidad de Puerto Rico. Se fue a Nueva York, a fin de dar continuar un posgrado.
    Como en todos los Font, el amor por la quimica fluye por las venas.
    Allá pasó catorce años. Investigó la poliomielitis. Estudió la maestría y el doctorado en Química. En la Universidad de Columbia, fue laboratorista. E hizo descripciones orgánico-moleculares de las vitaminas. 
    Fue sabia, genial, aún dicen. Es sabia, ¡sí, señor!
   Marcianita acaba de recuperarse de un mareo. Su memoria se ha ido a los días de Getulio, a los días de la Matanza de Ponce, a los dias de Chilín, su hermano.
 «¿A qué vienes?», repitió Getulio.
    Doña Teresa Sagardía, anciana piadosa, a veces cascarrabias, típica atalaya de la rectitud victoriana, la recibió.
    «Que acá no venga», dijo Susana Echeandía, viuda de José Caballero Ayala.
     Que Marcianita apareciera por el Pueblo es mal augurio.
     Una distancia afectiva fue creciendo, odio y envidia que desataron sus hermanas para que el padre dejara de quererla.
    Juntas, doña Teresa y Marcianita, han recordado las palizas que le dio el padre.
   «Fueron más duras las que le dio a Chilín».
   «Se las merece el bribón».
    «Corregir es un arte; no una tarea para coersión y humillaciones».
   El silencio es un modo de hablar de Doña Teresa. Ha bajado la guardia. Marcianita no un casco de juey, como pregonan.
    Ahora le contó a la visitante que Doña Sista Torres Arvelo, viuda de Pedro Benejam, murió también y su muerte fue triste. Los hijos de Toño Pav?ía-Conca y doña Laura Fernández se fueron a San Juan. «Es una pena. Frustraciones políticas que han vivido… No quieren saber de este pueblo cochino».
    Doña Teresa dijo a la más linda, inteligente, de las hijas de un 'prohombre de apellido', don Cecilio, que Pablito Rodríguez, el comunista, se paseó con una 'mujer de color' por todo el pueblo. Peor aún, hizo que doña Bisa Rodríguez Rabell se echara con ella una colorida platicada. Bebieron el café de las 3:00 y a las 6:00 hasta pasteles de masa con ketshup y lechón asado comían mientras la negra le daba cátedras de antropología sobre linajes mezclados, y Doña Bisa lo celebró riendo a mandíbula batiente. Se despidieron besándose las mejillas...
    «¡Qué horror!»
    Esto sí lo informó a Marcianita como lo más escandaloso.
    Marcianita refrase para que doña Teresa entienda:
   «Pero, ¿qué es una negra, sino otro ser humano con un poquito más de  melanina y azucarado cachondeo?»
    «Gente que quema las haciendas por resentimiento».
    Doña Teresa accedió a su memoria cascarrabias, yendo al módulo sensitivo que detona la amargura y las irreconciliaciones. A su hermana Tomasa, viuda de José F. Zagarramurdi Tornería le dejaron en llamas y arruinados varios caserones de su hacienda. Y lo mismo, quemarle, lo hicieron con su hermano, Sagardía Torréns, un hombre bueno. Un hombre bueno de 1898.
   Sirvió a Marcianita un par de consejos, por de pronto. La necesidad de perdonar es uno de ellos, aunque sea más difícil olvidar que clavarse en los rezos.
El almuerzo está listo y da gusto verla que come. Nadie quiso estar con ellos. Y da tristeza que esté en Pepino y sola, escondida en la casa de la vieja Sagardía Torréns. Temida como The Red Scare.
   «Se que sufres y se te acabó lo guardado».
   No ha querido decir, a boca de jarro o con burla: Comes mal. Estás en la miseria; hambrienta, vieja loca. Mas es obvio: la obstruyen y hay quien se alegra de verla sin trabajo, con el moco caído, pasándolas más negras que un luto. Más no vino a pedir nada. No se le prestará un céntimo. Se irá como vino.
   Ya, de contínuo, su almuerzo es más sobrio, a prisa, sin manteles ni cristalería. No almuerza ni desayuna ni cena como hoy, cuando cada detalle de protocolo fue cumplido: la posición de los cubiertos, la secuencia de los platos. De veras a doña Teresa le da gusto que venga Marcianita y la acompañe. Por ninguna otra de las hijas de Cecilio y Marciana Font, hace éstas cosas. Ni por Sara ni Teresa, ni Getulio ni Antonio, lo hizo.
    Como Marcianita, hija, pocas de su cepa. A nadie vio en Pepino más fino, enérgico, noble desde su alma, desde los días de Epifanio Liciaga y las hermanas Arteaga. Sólo a ella.
     Afirma, como Marcianita, que no le gusta la persona que va y reza, se persigna y confiesa, hartándose del pan de comunión seguidamente, y se regresa a su casa con odio, envidia e impureza.
    «Esa gente no me gusta», insiste.
    «Es la gente que te hará daño… pero cuenta conmigo».
    La anfitriona lo sabe.
    «Desde que eras niña, Marcianita, supe tu problema: ¡exceso de entusiasmo y, sobre todo, mucha belleza para perdonarse!»
    No es católica ni puritana alguien que, como Marcianita, dijo a sus hermanas que lo más rico que puede experimentarse en el cuerpo es la ropa suelta, el busto sin la apretura del corsette, pantaletas de seda o, al menos, ninguna, gozarse en cueros, para que una ventolera te refresque la vulva. No es católico-puritana la niña influenciada por el Charleston, rítmica y osada, vestida con sus minifaldas aun en los albores del '20… Su curiosidad lo arropaba todo. Vivía enterada por las revistas de Europa cuanto dijera Coco Chanel sobre lo sexy y lo exótico vs. lo burdo y vulgar, las colecciones primaverales tocando la piel de una mujer primorosa, en plena victoria y montando sobre caballos y, por lecturas locales, memorizaba la poesía de Rodriguez de Tió, las teorías de Luisa Capetillo, el pacifismo y el sufragismo de la Liga WILPF y su Marcha de 1915 en New York.
    «¿Qué no has sabido tu?»
    La recuerda ante el piano. En su juventud, fue un mar de alegría y había estudiado música.
    En 1920, al fundarse la Liga de Mujeres Votantes y confirmarse una Enmienda Constitucional que concede el derecho, la hija brillante, la «promesa intelectual» de Cecilio, se trajo las ideas y todo lo que aprendió en la Universidad de Columbia, en New York, sobre organización de votantes, lucha anticolonial y feminismo.
   «Lo que escribes en El Imparcial es exceso de entusiasmo, mijita», insistió doña Teresa.
   «Exceso de entusiasmo que yo llamo libertad y que se manifiesta muy temprano en la psiquis»
   «Así es, así es», asiente Sagardía.
   «¡En la infancia, ay libertad pubertaria, te extraño! ... el primero que la observa como algo amenazante es la familia, no tú. No yo. Si no valoran esa energía que es la libertad y lo que representa, ellos serán lo que te pidan: Reprímete a tí misma; comienza a morir sin soñar, no seas independiente; no viajes, no vivas...  Y yo me fugué con la libertad después de dos o tres palizas que papá me dio y castigos que pidiera mi madre, como eso de rodillas sobre el guayo y encerrarte en el cuarto por días, que son arrestos domiciliarios. Cuando en quienes has confiado que te aman sin condiciones no lo hacen y te castigan de ese modo, aprendes que tienes que soportar aún más por amor a otros y por amor a tí misma, ¿no lo cree usted?».
   Contra Chilín, su hermano, las palizas fueron más contínuas y se las daban a latigazos con una soga de esparto.
   «¡Pero eras tan hermosa, Marcianita! Me da pena verte así, mal arreglada que hasta el guaraguao te picaría...»

III.

    Es el tercer peldaño que baja. Ha regresado el mareo.
    Fue la más linda entre todas las hijas de Marciana y Cecilio.
    Fue tan preguntona que, en 1915,  se dio cuenta que existe el sufragismo. Había una Liga Internacional de Mujeres por la Paz y unas 25,000 de las mujeres de Nueva York marcharon por las calles pidiendo el voto.
   Quería estar allí, ¿y a quién decirlo? Las mujeres de Pepino están llenas de miedo; sus hermanas se burlan; creen que está loca... Mas ella insiste, gústele o no a todos ellos, se irá a Nueva York. Quiere estudiar más allá de su bachillerato, ser útil. Descubrir algo nuevo. Inventar algo antes de que se le vaya la vida... papando moscas en El Pepino.
   «Mis hermanas», se queja ella, «me odian», dijo no queriendo dar rienda a un desaliento o desesperación; más bien, a una curiosidad que galopa dentro de sí cada vez más apasionadamente.
    El amor es tan importante que ha vuelto; pero se siente mareada.
   Tras sus alegres semblantes, las hermanas quieren que se vaya. Que desaparezca. Una sensación de impureza las inflige.
    Para su padre, la sociedad que idealiza y patrocina se centrará en el varón patricio, con hacienda y relaciones   precapitalista. La mujer debe ser, si bien coqueta, sexualmente inocente, virtuosa y obediente, que es lo principal, qmén de modesta y piadosa, como la Belle of the South, según él conoce Don Cecilio de la revistas de Georgia, South Carolina y New Orléans, que son mecas de jugosas plantaciones y riquísimos terratenientes. Casi se escocota al dar ese paso, enfrentarse al padre que la espera, con el gesto ceñudo.
    «¿Cómo se atreve Marcianita? Se maquilla, llena su cara de totitos sin permiso de mamá. No deja nada a la imaginación».
   Tal parece que se anticipó al fox-trot. Ha bailado como una negra del puerto algodonero de Carolina del Sur; tiene un desenfado tal que el ritmo es la tortura mental de sus hermanas... ¿Quién la enseñó a bailar así? ¿Las Juarbe? ¿Dónde? ... donde se remeneaba María Songo por allá por El Guayabal. Lo cierto es que ocasionó un escándalo entre universitarios a mediados del ’20 en San Juan. A Marcianita la enamoran y el desplante al varón revela que sólo en apariencia ella es frágil. Se le ha metido un Diablo adentro desde que se fue para la losa.
   «¿Me voy o me quedo?, pregunta ella.
   «No quieren que estés cerca de papá?», agregó Sara.
   Tampoco necesita, para nada, las protecciones agresivas de Chilin. Ella exigió que se le explique por qué se cultiva una voluntad débil y sumisa en un pueblo como en el que nació.
    «El pueblo nació asustao, o qué es?»
    No entiende, ni lo entendió en su adolescencia, el reproche de aquellas gentes que se aferraron al establecimiento victoriano y elitista, porque este no es el Viejo Sur algodonero, idealizado por Robert E. Lee en 1830 ni la Barcelona de la que hablara Víctor Martínez Martínez. No hay nada qué idealizar ni como belles del Sur ni como black concubines. No le acaba de gustar lo que ocurre en sus narices: Cheo Font que corre tras Cirila La Yegua. María Bejuco que da bastardos a los Echeandía...
   El anexionismo colonial  se fortalece a son de asesinatos, blasfemias y corbardías. Trabajan en las sombras.
   Marcianita, organizadora del porvenir, siempre ha sabido sobre el sistema de la estrangulación, que no siempre se solapa. Es una marxista declarada. Una feminista declarada. Una independentista feroz... pero, en su edad humana, hay 73 años de síntesis entre la diálectica de un amor trascendental y un tormento, y va a buscar a su padre, quiere verlo por última vez y se ha ido la luz por un resquicio emotivo de los huesos y, ahora para que comprenda la agonía, en su sentido menos dramático y menos profundo, se ha dividido en dos al caerse y golpearse la cabeza. Está unos peldaños más abajo. El cráneo le sangra... pero no es que muere.
Cayó.
    Contempla su otro Ser, el colectivo, el patrio.
    Puede vivir un lapso de múltiples fragmentaciones desde los dos, a los 73 años y, al final de tal edad, sentirse completamente satisfecha. Se ha cumplido su destino entre los más honrados de la tierra, que es el que prevalece en los planos de la eternidad. Ahora puede sonreir con los ángeles, mendigos y descalzos, quienes cuidan a sus mascotas, gatos y perros abandonados y realengos que ella albergaba, desde niña, tieniéndolos en viejos rancherones de la Hacienda Echeandía.
    Ahora lo ve todo dibujándose claramente... muy, muy claro.
    Han llegado algunos de la FUPI, allí, en un día lluvioso, está los fielos. Ocupará un ataúd de $60 pesos, el último de su tipo que echarán Juanito Pana y Luis Cantántara a una tumba en el Cementerio Viejo de Pepino.
    Más duro fue el piso del edificio de Ciencias Naturales. Ahora tendrá una tumba, con su miserable forrito de felpa. Es un espacio íntimo. Conservará los sentidos vehementes, como ahora, que los oye y los ve y algunos creen que ha muerto definitivamente, sin gracia ni gloria.
    Van a decir unas palabras en su nombre. Las agradecerá con corazón abierto. Se turnará Joaquín Torres Feliciano, otro poeta de la angustia Ramón Vargas, Rubén Arcelay, Pinchi Méndez, Evaristo Font, los hermanos Grillasca... sólo ellos dirán lo que Sara y Toño Echeandía no pueden decir, aunque están ahí, muchas de ellas, bajo la lluvia y los verbos encendidos.
     Para que completara el análisis que ocupó toda su vida, hoy en su muerte, se despidió de algunos perros llorosos y gatos, menos pulgosos, maullaron. Un juncaleño, presidente de la Federación de Universitarios Pro-Independencia (FUPI), Rafi Rodríguez dijo lo mismo que pensara Nilita (Vientós), Miñi Seijo y Juan Mari, «ella es un ángel». «Entre nosotros, es una luz del faro que no se apaga ni en lo más oscuro de las borrascas».
    Se despedió de algunos perros llorosos, los que la escudaban de perseguidores infames y de gatos, sus felinos del alma, los que maullaron un nítido sollozo. Todos ellos, como su sombra, fueron fieles incondicionalmente.

 *

Del libro Leyendas históricas y cuentos coloraos de Carlos López Dzur


Publicado por elzorro2 el 20 de Julio, 2006, 22:02 Comentarios 2 | Referencias (0)

Yo soy la muerte

 

¿A dónde vamos?

 

 

A veces las palabras

se ocultan entre líneas…

(…) No sabes si estás despierto o dormido,

si eres tú quien escribe / o alguien te dicta:

Héctor Soto Vera, en: A Carlos López Dzur

 

1.

 

Déjame ir más allá y verlos.

Oír si han soltado los mirlos.

O si el miedo que alegan

que tú inspiras... tapiará los sepulcros

de sus cuerpos, guardará la viña.

 

Navégame un poco más allá

de la bruma tan espesa, allá

donde hay mesones, llévame.

Asómame a escondrijos

de radiaciones cósmicas, formas

aún por inquirir, mas no espectralidades.

 

¿Cómo estarán ahora esos hermanos?

¿Cómo Chato, mis padres, mis abuelos?

Amigos muertos, héroes que amo…

¿Serán como precarias masas

de la atmósfera, metagnomías 270 veces

más pesadas que los ojos del átomo?

No importa qué electrones.

 

Llévame a verlos.

Revélame sus almas, reencuéntrame

con sus miradas y sus cuerpos.

 

Muéstrame a los viajeros del desierto,

a los que llamaste cruzadores,

aunque fueron ladrones en el Kimtu,

o mercenarios rumbo a los caminos

de tus Lugares Santos en los Montes.

 

2.

 

Abre, entonces, tus ojos, Carlos,

tus ojos interiores, ojos en el Zohar,

iris de troubadour, boca

de «dolce stil nuovo», tus ojos

tranquilos, pero de chispa picante

(la guerra verdadera la tienes

en el alma, curioso olfateador

de mis memorias), Zorro viejo.

Te diré a dónde van y quiénes son

los que a la otra orilla va llevando Caronte.

 

Puede que los escuches, puede que sólo lloren.

Algunos han sabido que se han muerto;

otros no. Todavía creen que sueñan solamente

o que bebieron mucho, o que les juegan

sus bromas de mal gusto los extraños.

 

3.

 

Esta laguna es cualquier punto

del alma; como Estigia la designó

el mortal en su «para sí», forma

en que como tales viven.

Es pues el recuerdo tomado del azar

y del rincón de los mares,

aguas en que nacíste.

 

Será, después del viaje placentario,

que una No-Eternidad ha maldescrito

esa mirada desde el puerto de los días.

 

O tal vez Estigia se argumenta como punto

de nostalgia, vínculo renovador del río uterino,

el más heroico, cuando inocencia

aún tenía el varón / la mujer,

matriz «en sí» del ser,

porque el «en sí» es eterno,

eterno y femenino.

 

Una vez asomados a la charca

de la existencia bruta, amarga,

la Muerte existe.

 

Díme si conoces con amor

afluentes de tu barrio y de su orografía.

Díme antes si hay quebradas

en la tierra aún no saladas

por la violencia del hombre.

 

De otros mundos y vidas

a los que díste pisadas y olvido,

he de pedirte cuentas, Carlos.

¡Te están haciendo Tu Carpeta,

obreros de las delaciones

y ángeles son que visten

como mirlos e imitan la voz

de los lenguajes,

desde su pico amarillento!

La Estigia puede ser El Nilo,

el Sena, el Ter de Catalunya.

Culebrinas, Guajataca,

o un pozo en Mirabales.

O un Salto del Guacio.

Infinitas son las hijas de Cefiso,

dios de las aguas oscuras

de las que beben los muertos.

 

4.

 

5.

 

a Jean Paul Sartre

 

 

Hay una muerte que se vence lentamente;

una muerte que no tiene mentiras.

Ella pone más presencia del ser en el mundo

y a los hombres cobija.

Los observa desnudos ante su mirada.

Los viste. Los nutre. Les propicia la Dharma.

Los vomita desde Aquel que los devora.

Con la ofrenda es posible.

 

Litando la alabanza, sacrificándose

en la Tierra de los Vivos, sin esperar

baúles y tesoros de bienaventuranzas,

las gracias de cada quien y privilegios.

 

Lo único que nos revela inagotables,

dignos del infinito, indevorables por Cronos,

es este sacrificio, la muerte linda del dar

con darse desinteresado y profundo,

dar aunque sepamos la existencia

signada por absurdos: haber nacido

y tener que morir en medio de este abismo:

«la nihilización siempre posible de mis posibles».

 

6.

 

No se trata de las renunciaciones.

No del cadáver del Deseo.

No de una moneda colocada

en la costilla o la boca del difunto.

¡Esto se paga en vida,

venga o no venga la Muerte!

Esta es la virtud anticipada

y la gracia trascendente,

la bendición a tiempo:

¡Eros, eros, eros!

 

 

7.

 

No me los llevo al infinito, Carlos.

No estés triste por ellos.

Volverán a lo mismo, en breve:

Mingo La Perra a trepar el palo,

Sabino, a la albañilería,

Cornelia a santiguarnos.

A rezar, La Puerca y Pascasio.

 

Un palo encebao es la vida

de ellos, sus habitáculos en el yo,

en la autohisterizaciones,

en las norias del buey

y lo alienado.

 

Estas gentes no tienen plenitudes.

No son del Uno, ni sospechan

a Spinoza, ni los otros lados

de la onticidad y sus universos.

Están verdes y crudos,

sin comprensión primaria

de los cinco sólidos perfectos,

apenas balbuceantes

en sus metafísicas.

 

Van a sanarse después

de mucho herirse y regresar

a herir, después de mucho sanarse.

 

8.

 

Cuando vuelvas de este viaje

desde el centro vector de tu futuro,

cuando regreses, punto en Uno,

del lado que elegíste,

a todos los que puedas,

a tu familia, vecinos, conocidos

de toda laya y todos los colores,

dí que víste la Dama, Soror Mistique,

y que Ella es la Madre que los ama,

la siempre fiel y femenina,

la siempre llena de gracia.

Que al varón, cualquiera sea,

ella quita la angustia todavía.

 

Sea rica o sea pobre,

Ella se posa en el otero, tiene altares

en lo recóndito del ser, en campo abierto

y late y te mira con ternura,

te limpia los latidos con el habla

suave, dulce, misericordiosa.

 

Tú recuérdales La Flecha

en Sagitario, su lugar del firmamento

que apunta al Norte; en la ruta

del Camino de Santiago

y díle: «La ví y la amaré ad aeternum».

En la noche de San Juan, da el mensaje.

 

Ella es quien recibe a los que llegan

a la Boca del Cero, que es la Nada,

antes de pisar las moradas

de sólidos perfectos.

 

Díles que la víste en un templo de la bruma

y que cada esquina del mundo tiene

a una de ellas, Cefiso lícuo, río

de los muertos, es sólo un nombre

del agua lavadora, ella hecha agua,

ella, jabón de higiene purificadora:

misión interior, edificante: la catharsis.

 

Vuelve a la tierra con este recado:

«Ví La Dama, la hermana / madre /

bendiciente del hombre, la Gran Consoladora,

el verdadero bíos, el vínculo de amor

en el centro vector del Extremo Futuro».

 

9.

 

Dílo porque gigantes del escarnio

dijeron en Corinto que Ella es venganza,

eco que retumba con su risa macabra

los cuatro costados del mundo.

Que es lujuria violenta, sexo criminal,

putanga que paga su holocausto

con vidas de inocentes.

 

Ellas / Keres en derredor de las piras hedientes,

danzan con sus amantes y son hermanas

del maldito Destino, condenadoras,

érides de discordia y burlas del Erebo.

Nada de éso, Carlos, hasta los blasfemos

se dan derecho a la mitología.

 

10.

 

a María H. Escoda

 

Te presento, visitante, a la ker verdadera,

la Cesta hermosa de tu alma,

donde la Dama puso su presencia,

su realidad, su teorema.

 

Ella es la palabra de pase.

Tu boleto de entrada. Invócala.

Con Ella descorrí la cortina de la Niebla.

Al decir su nombre, se autoriza que irrumpas

en el paisaje de otras vidas y te leas

en la barca y despiertes

para el viaje consciente de la Muerte.

 

Dí conmigo, al confesar su nombre,

María, llena eres de gracia:

Y gracias por la Cesta que enriquecíó

mi existencia con virtudes.

 

Mírala, Carlos, y tiembla y llora

(estás a punto de hacerlo)

porque hermosura más grande no existe,

nunca la verás como hoy, radiante,

resplandeciente, espléndida.

Es la dama que brilla y observa

el Lago, la Laguna, el río de los adioses,

los estanques de olvido, el dolor

y la memoria.

 

La más joven es Ella,

La Dama del Occidente judaico-cristiano

que te corresponde, la has visto y olvidado

como todos los hombres, externos y apáticos,

mas ella no. Te dio la cesta

y el don de bendecirla, invocarla,

llevarla a tu espacios en el mundo,

para que aprendas a sacar del fondo

de la psiquis, lo que eres y ella es,

lo que anhelas y ella anheló y obtuvo:

el poder creativo,

el encanto,

la belleza,

la naturaleza pródiga,

la justicia militante,

el júbilo y la intuición del intelecto.

 

11.

 

Llora, Carlos, porque la muerte

es mi nostalgia y el destino-en-común

y el ser-con-otro, y no hallarnos

a veces, tantas veces, de contínuo,

cuerpos-vindicados-puros,

cuerpos de Cárites en el humano.

 

… pero yo estoy contigo, te dí el peso

de ker, el alma, y una cesta

con algunos de mis frutos, tu alimento

cuando creas que te falto.

Yo sé que me has amado

(tú, como pocos) y me has necesitado

y, aunque no lo sepas, he estado contigo.

 

He permitido que me veas

como una madre, como una amiga:

así me encarno, sin que me digas

Soror Mistique, Cárite, misterio, musa,

Angelita, Gracia, Eterno Femenino.

Tú me necesitas, lo sé.

Te agrada mi alimento.

¡Pues te bendigo!

Has comido mi nombre

y de mi dones y en las mujeres

te he querido y deseado,

me ha gustado lo que cantas

de mis sexualidades.

… me ha gustado

lo que preanuncias y defiendes

de mis festividades…

 

12.

 

Cuando vuelvas a tu allá,

donde quieras lo decidas y ante gentes

que yo pondré a tu lado, dí con tus palabras

y otras que echaré en la cesta más hermosa,

en almendras de tu emoción divina,

en alta amígdala de tus nervios humanos,

en memorias que doy desde las aguas,

que la Madre existe, coauxilia,

que la madre quiere un templo

y un templario, jinete que monte

consigo compañera,

navegante que pilotée

una barca

y reme en los riachuelos

del encanto.

 

13.

 

Seguramente, tú querrás

el regreso a ese pueblo

donde yo tuve un Templo

y te conocí con otro nombre

y otra piel

y otros huesos.

 

.... un templo para mí es la Vida

y la alegría más pura

porque no existe legislación represiva

ni venganza; un templo es fe,

deseo, pasión, esencia,

la voluntad natural de pobladores.

Yo tuve una comunidad

que sí... me amaba

y tú estabas allí,

adivinabas mi alegría.

 

14.

 

En ésto creo, Carlos,

y lo escribiré como una carta

para un enamorado. Pónlo

en la cesta invisible que te doy

con aroma y mandato de mi alma.

Esto dijo Atabey en su descanso eterno;

ésto lo dijo Irene, matrona que recibió

al herido y desnudo Sebastián,

asaetado en poste del Estadio Palatino:

No morirá del todo la fe,

la santidad del hombre

y su conexo histórico.

 

15.

 

La muerte es santa, Carlos,

pero hay una muerte que hipnotiza,

mentirosa propuesta de los destructores

y no es mía y no me representa.

Ebriedad es. Sopor de un limbo innecesario.

Acaricia con uñas largas aún a los vivos.

 

Con dientes blancos y ojos severos,

miente, sonriendo, bebe la sangre oscura.

Cuando veas a los que te aman

o pudieran llorarte, dí que la muerte

a la que irás un día, no es tipo de condena.

 

Es muerte verdadera, cesación,

meramente. Ella no me suplanta:

te recibe La Dama, la Cárite más bella,

el esplendor, el ángel.

 

Tú no mueres en verdad, Carlitos.

Vienes a verme por un rato

y me pides que te restaure el ser

y ponga júbilo y dones en tu alma:

el eco de mi voz en el corazón tuyo.

 

16.

 

A George Simmel, primer sociólogo de la modernidad,

sicólogo de la acrobacia y la pirotecnia, hombre sin

base firme, retórico neobarroco de la transitoriedad…

 

Estos son los discursos sobre la muerte amarga,

la agonía ad hoc, defunción giratoria,

el sepelio insoportable, el petardo,

la disolución infernal, la Nada victoriosa

y el nihilismo. Aún sabiendo la directa relación

entre la vida y la forma, ellos nos van al fondo,

menos se ponen en tus botas.

 

No lloran con la ralea sufriente

que pide tu café, el asma de tu madre,

la tragedia, el disparo, el cuchillo rayado y afilado

con la brea de una orilla de tu calle.

 

Ellos buscan el espíritu del tiempo

como se busca un chiste en el vacío,

un peo difuntal entre utensilios,

una definición impresionista de la Nada.

 

Con expresión básica de instintos

no van a la fe, sólo la mientan.

Huyen a los saltos, leaps of faith

kierkegardiano, intrahistoria agónica,

senequista, goyesca, unamuniana.

A la esperanza no le daríán su hóla

olfateando la pasión.

 

No saben el discurso,

la queja existencial, abierta y dolorosa,

el don, la hondura del ebrio...

el despreciado, Moncho Lira,

lo histriónico, oratorio, de María Culito,

la pobreza dura, el esfuerzo, el heroísmo

de Millita, el hambre en la misericordia,

la reunión de los pobres por un caldo

y zapatos, o trapitos nuevos y fiambrera

que les brinden los Torres y Boultrón,

Cheo El Indio, o la cajita de muerto

hecha por de Don Aguedo.

 

Para tus días, sobre la muerte

inventan estructuras y cohesiones sociales,

el dominio, el puño atroz, la Mano Invisible

del estragulamiento, para que no se construya

un yo maravilloso, ser-con-otros

projimal, destino comunitario, benévolo.

 

Del libro en preparación «Yo soy la muerte»

de Carlos López Dzur

 

*

Publicado por elzorro2 el 20 de Julio, 2006, 20:28 | Referencias (0)

 

 

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